viernes, 28 de abril de 2017

Obras maestras de Budapest. Del Renacimiento a las Vanguardias


El Museo Thyssen-Bornemisza presenta Obras maestras de Budapest. Del Renacimiento a las Vanguardias, una exposición que reúne por primera vez en España una destacada selección de pinturas, dibujos y esculturas procedentes de las colecciones del Museo de Bellas Artes de Budapest y de la Galería Nacional de Hungría. Noventa obras de escuelas como la italiana, alemana, flamenca o española, desde el siglo XV al XX, que incluyen grandes nombres de la historia del arte como Durero, Leonardo da Vinci, Rubens, Velázquez, Tiepolo, Cézanne o Manet, además de interesantes ejemplos de artistas húngaros, que permiten ofrecer a los visitantes una muestra representativa de las colecciones de estas instituciones.
La exposición, comisariada por Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, y Mar Borobia, jefa del Área de Pintura Antigua, está organizada en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Budapest cerrado por obras de renovación hasta marzo de 2018, y la Galería Nacional de Hungría donde se exhibe temporalmente parte de su colección. 
El recorrido por las Obras maestras de Budapest esta organizado en siete secciones: 

El Renacimiento en el norte
Alberto Durero (atribuido a) Retrato de un joven, h. 1500-1510
En torno a Durero, la figura más célebre del Renacimiento alemán, representado en la sala por Retrato de un joven (hacia 1500-1510) y Lancero a caballo (1502), en esta primera sección se reúne la obra de otros destacados artistas de los países del norte de Europa, como Lucas Cranach el Viejo y su Salomé con la cabeza de san Juan Bautista (hacia 1526-1530), exponente del mejor estilo del pintor; Albrecht Altdorfer, con La Crucifixión (hacia 1518-1520), Jan Gossaert y El escarnio de Cristo (1527) y Hans Baldung Grien, con La Virgen de los Dolores (hacia 1516). Completan este apartado un magnífico diseño de paisaje de Wolf Hubber y una obra del manierista Bartholomeus Spranger.





El Renacimiento en el sur
Agnolo Bronzino. La doración de los Pastores, h. 1539-1540
La segunda sala está dedicada a grandes personalidades del Renacimiento italiano, con ejemplos relevantes de las escuelas florentina, veneciana y lombarda. Entre todos ellos sobresalen dos obras de Leonardo da Vinci: el dibujo Estudios de patas de caballo (hacia 1490-1492) y la pequeña estatua ecuestre Guerrero a caballo (1500-1550). De excelente factura son también la Madonna Esterházy (hacia 1508) de Rafael, una obra emblemática de su etapa de madurez; La Adoración de los pastores (hacia 1539-1540) de Bronzino, una obra maestra que representa el manierismo en su punto álgido, y La Magdalena penitente (h. 1576) del Greco, que registra la influencia italiana en el arte del cretense.





El Barroco en Flandes y Holanda

Gerbrand van den Eeckhout. El profeta Eliseo y la mujer de Sunem, 1664
Un gran lienzo de Rubens, uno de los mayores representantes del Barroco, abre el siguiente capítulo, dedicado a este movimiento artístico en los países de Flandes y Holanda. Se trata del óleo Mucio Escévola ante Porsena (hacia 1618-1620), en el que el pintor se vale de todos sus recursos para reflejar la escena con gran intensidad, demostrando su magistral síntesis de las escuelas holandesa e italiana. Es muy probable que en esta obra colaborara su mejor discípulo, Anton Van Dyck, del que también se expone San Juan Evangelista (hacia 1620), un elegante lienzo que formó parte de un apostolado. Otros pintores flamencos barrocos presentes en la muestra son Jacob Jordaens, con su lienzo Adán y Eva (1630-1640), y Jacob Grimmer, del que se muestran cuatro paisajes que evocan las estaciones.

El Barroco en Italia y España
Diego Velázquez. El almuerzo, h. 1618-1619
Los más importantes representantes de la pintura española del Siglo de Oro están reunidos en este espacio. Destacan entre ellos Francisco de Zurbarán, con una Inmaculada Concepción (1661) tardía, y Diego Velázquez con El almuerzo (hacia 1618-1619), una obra de juventud en la que plasma de manera sencilla un tema cotidiano; pero también están presentes Alonso Cano, Bartolomé Murillo y Mateo Cerezo, con espléndidos lienzos de temática religiosa. Junto a ellos, excelentes ejemplos también de la pintura italiana barroca: Cristo y la samaritana (hacia 1596-1597) de Annibale Carraci, una de las principales obras de la primera tendencia clasicista del Barroco; Diana y Acteón (hacia 1603-1606) del manierista Giuseppe Cesari, que recoge un episodio de las Metamorfosis de Ovidio, y una colorista Anunciación (hacia 1640) de Bernardo Strozzi.

El siglo XVIII

Sebastiano Ricci. Betsabé en el baño, 1724

Dentro de la magnífica colección de pintura italiana que posee el Museo de Bellas Artes de Budapest, por su calidad y por el número de obras, destaca especialmente la representación de la escuela veneciana. En este apartado, el más amplio de la exposición, se muestra una selección de estos fondos que incluye el óleo Bestsabé en el baño (hacia 1724) de Sebastiano Ricci y La Virgen exhortando a santa Teresa a que nombre a san José protector de la Orden Carmelita (1749-1750) de Giambattista Tiepolo, así como varios paisajes urbanos de los afamados vedutistas Canaletto, Guardi y Bellotto. Completan la sala tres lienzos de Francisco de Goya un retrato de la esposa de Ceán Bermúdez (1792-1793), La aguadora (1808-1812) y El afilador (1808-1812) ; un conjunto de obras del escultor alemán Franz Xaver Messerschmidt, entre las que destaca la serie Cabezas de expresión, un catálogo de muecas faciales extremas, y una representación de artistas húngaros, como Jakab Bogdány, Ján Kupecký y Ádám Mányoki.

La nueva imagen de la mujer

Édouard Manet. Dama con un abanico. 1862
El simbolismo fue uno de los movimientos artísticos vigentes durante el último cuarto del siglo XIX, en el que las emociones, los estados anímicos, los sueños y la fantasía cobraron un nuevo impulso a través de la figura femenina. A este universo particular pertenecen el francés Pierre Puvis de Chavannes, el suizo Arnold Böcklin, el alemán Franz von Stuck y el húngaro János Vaszary, cuya obra se reúne en este apartado junto con varias pinturas de Oskar Kokoschka, llenas de fuerza y expresión, y Dama con un abanico (1862) de Édouard Manet, vinculada al poeta precursor del simbolismo Baudelaire.

Del Impresionismo a las Vanguardias

Paul Cézanne. El aparador, 1877-1879
En la última sala se presenta una selección de obras de distintos movimientos artísticos desde las últimas décadas del siglo XIX hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial. De la pincelada rápida y fresca de Claude Monet en Ciruelos en flor en Vétheuil (1879) y la forma de captar los efectos de la luz en El Pont Neuf (1902) de Camille Pissarro, a las nuevas fórmulas propuestas por los colores puros de Paul Gauguin en Los cerdos negros (1891) o los volúmenes de Cézanne en El aparador (1877-1879). En este apartado destaca igualmente la presencia de grandes pintores húngaros, como Károly Ferenczy, Adolf Fényes, Vilmos Perlrott-Csaba, Sándor Ziffer y Sándor Bortnyik, que nos descubre la influencia en su obra de los nuevos lenguajes pictóricos surgidos en Francia, desde el impresionismo y el neoimpresionismo a las vanguardias.

sábado, 14 de enero de 2017

Los Fauves: La Pasión por el Color


El fauvismo fue la primera gran vanguardia artística del siglo XX. Fue un movimiento polémico y exuberante, basado en la exaltación de los tonos puros, y situó la independencia del color en el centro del debate artístico. Los fauves, liderados por Henri Matisse, André Derain y Maurice de Vlaminck, removieron los fundamentos del arte de su tiempo con su innovador tratamiento del color, la factura enérgica y la libertad de ejecución. Fueron decididos defensores de la autonomía individual y de la capacidad de la pintura en sí misma como medio de expresión.
Georges Braque, Nu assis, 1907
Formados en los talleres de Gustave Moreau y de Eugène Carrière, los fauves se agruparon en torno a Henri Matisse a finales de la década de 1890 y realizaron sus primeros ejercicios con colores puros durante los años siguientes. Octubre de 1905 fue una fecha decisiva para estos artistas porque sus obras fueron expuestas en la Sala VII del Salon d’Automne. El resultado causó un auténtico revuelo entre los asistentes y el crítico de arte Louis Vauxcelles no dudó en calificarlos en su reseña de “fieras” –fauves, en francés- debido a la fortísima intensidad de las tonalidades utilizadas, en contraste con dos bustos de mármol expuestos en la misma sala. En efecto, las obras que hoy resultan alegres y decorativas, en 1905 y a un público que estaba aún asimilando los avances de la pintura impresionista, parecieron salvajes y violentas. Aun comparadas con los postimpresionistas, el arte de los fauves posee una pureza y una inmediatez que todavía sigue sorprendiendo, debido al resultado profuso e imprevisible y a la ausencia de las tradicionales reglas con las que se practicaba la pintura.
El fauvismo no fue un movimiento único y homogéneo, si no más bien un encuentro fugaz entre varios jóvenes artistas independientes unidos por unos fuertes vínculos de amistad y por las mismas preocupaciones pictóricas. Su desarrollo fue tan brillante como intenso: tuvo una vida de apenas dos años, pero el impacto fue extraordinario porque su obra recogió el legado del neoimpresionismo y del postimpresionismo además de sentar las bases para otros movimientos de vanguardia como el expresionismo y el cubismo. Así, los fauves fueron los artífices de enlazar las grandes manifestaciones artísticas que se desarrollaron a finales del siglo XIX y principios del XX.

Kees van Dongen, Femme nue blonde, 1906
La Fundación MAPFRE presenta la exposición Los Fauves: La Pasión por el Color, que hace una completa y cuidada exibicion  del fauvismo, reuniendo más de un centenar de pinturas, así como numerosos dibujos, acuarelas y una selección de piezas de cerámica.
Pese a la importancia que ha tenido en la Historia del Arte moderno, el fauvismo ha sido un movimiento que ha pasado casi desapercibido en España, siendo esta la primera gran exposición que lo aborda en su conjunto y en profundidad en los últimos quince años. La muestra traza un recorrido por el fauvismo desde sus inicios en el taller de Gustave Moreau hasta la desintegración del grupo a finales de 1907. Incluye obras de todos los artistas que formaron el grupo: Henri Matisse, André Derain, Maurice de Vlaminck, Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy, Raoul Dufy, Othon Friesz, Georges Braque, Georges Rouault y Kees van Dongen, y hace hincapié en las relaciones artísticas y personales entre ellos.
Henri Manguin, Devant la fenêtre, 1904
La exposición, producida por Fundación MAPFRE, ha sido posible únicamente gracias al apoyo de los más de ochenta prestadores que han colaborado en ella. Entre ellos destacan importantes instituciones como la TATE, el Centre Pompidou, el Musée d’art moderne de la Ville de Paris, la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf, el Milwaukee Art Museum o el Statens Museum de Dinamarca, que han prestado algunas de sus obras más emblemáticas. También ha sido imprescindible la generosidad de más de treinta coleccionistas particulares, que han accedido a prestar obras más desconocidas por el público pero de una calidad extraordinaria. Por tanto, la muestra es una oportunidad inmejorable para apreciar el fauvismo porque reúne algunas obras clave del movimiento y otras que nunca habían sido expuestas en nuestro país hasta ahora.
La muestra propone un recorrido cronológico dividido en cinco grandes secciones, que permite presentar la evolución estilística tan intensa que los artistas desarrollaron en apenas dos años. El montaje de la exposición ha intentado, también, enfatizar la importancia de los vínculos tanto personales como artísticos que los autores compartieron en la creación y desarrollo del fauvismo.

El fauvismo antes del fauvismo

Henri Matisse, Académie d'homme, 1902
La exposición comienza con una sección dedicada a los primeros intentos pictóricos llevados a cabo por los artistas que formarían el grupo fauve durante sus años de formación. Los primeros contactos entre ellos se remontan a la década de 1890, cuando Henri Matisse, Georges Rouault, Albert Marquet, Henri Manguin y Charles Camoin coincidieron en el estudio de Gustave Moreau en la École des Beaux-Arts de París. Moreau fue un maestro atípico dentro de la rigidez del mundo académico. Incitaba a sus alumnos a expresarse libremente a través del color y a buscar la autonomía pictórica. El grupo de alumnos de Moreau, liderado por Matisse y al que pronto se sumaron otros jóvenes artistas como Jean Puy, André Derain y Maurice de Vlaminck, comenzó muy pronto a experimentar con los colores puros y las pinceladas expresivas de la pintura moderna de Van Gogh, Gauguin y Cézanne que se exponía esos años en las galerías más atrevidas de París. Pintaban a menudo juntos, motivados por un fuerte espíritu de emulación, como se puede apreciar en los estudios de modelo desnudo que transmiten el ambiente del taller compartido. Estas academias, junto a las naturalezas muertas y a las escenas de interior que forman esta sección permiten apreciar el eclecticismo y la audacia de estos años de formación y descubrimientos.



Los fauves se retratan

Henri Matisse, André Derain, 1905
André Derain, Henri Matisse, 1905
La amistad que unió a los fauves fue clave en la formación y el desarrollo del movimiento. No sorprende por tanto que estos pintores se retrataran unos a otros en numerosas ocasiones, creando una interesantísima galería de retratos cruzados que refleja los vínculos establecidos entre ellos y que constituye una declaración de sus principios estéticos que refuerza la identidad del grupo. El retrato para los fauves era algo más que reflejar la percepción que un artista tenía del otro, también consistía en construir la imagen del compañero a través de la combinación de los estilos y de las personalidades del pintor y del retratado tal y como refleja la pareja de retratos realizados por Matisse y Derain durante el verano que pasaron juntos en Collioure. Por otro lado, cada fauve expresó en sus autorretratos, también muy numerosos, sus características personales. Al enfatizar su propio método y la individualidad estilística en estas obras, los pintores estaban a su vez definiendo uno de los principales valores del grupo, el de la autonomía artística.

Acróbatas de la luz

André Derain, Bateaux à Collioure, 1905
A partir de 1904 los fauves comenzaron a pasar temporadas cada vez más largas en la Costa Azul. La atmósfera mediterránea constituyó para estos artistas una revelación y, gracias a ella, estudiaron la incidencia de la luz en el color y aumentaron intensamente el tono de sus paletas. En el verano de 1905, periodo decisivo para el fauvismo, Matisse y Derain se instalaron en el pueblecito pesquero de Collioure. Allí vivieron un período de cooperación artística asombrosamente productivo gracias al cual crearon las obras que causaron sensación en el Salon d’Automne de 1905. Matisse, que a su llegada a Collioure estaba muy influido por el neoimpresionista de Signac, encontró en el ímpetu juvenil de Derain un estímulo para trabajar con una mayor libertad pictórica. Por su parte, Derain ganó confianza en su pintura gracias al apoyo de Matisse, que era diez años mayor que él y ya gozaba de una cierta reputación. A lo largo del verano, los dos artistas fueron liberándose de la rigidez de la técnica puntillista de obras como Figure à l’ombrelle de Matisse o Bateaux à Collioure de Derain, creando una técnica variada, audaz y espontánea, que se aprecia en obras como Le Faubourg de Collioure.
Mientras tanto, Camoin, Manguin y Marquet pasaron el verano en la Costa Azul. Manguin se alojó con su familia en una villa con un gran jardín en las afueras de Saint-Tropez. Esta privacidad le permitió utilizar a su mujer Jeanne de modelo tanto en delicadas escenas domésticas como en sugerentes estudios de desnudo en medio de la naturaleza. En ocasiones se reunió con sus compañeros Marquet y Camoin y recorrieron distintos parajes de la zona como Cassis, Agay y Marsella. Allí produjeron paisajes de colores intensos y atrevidos pero sin la libertad de ejecución de las obras de Derain y Matisse.
Vlaminck permaneció en Chatou, pintando en solitario paisajes vertiginosos de colores saturados. Vlaminck fue siempre considerado el más salvaje de los fauves y, probablemente, el único de estos artistas al que la etiqueta de “fiera” le describía correctamente. De carácter jocoso e irreverente, su pintura se caracterizaba por un uso de los colores poco convencional y por una pincelada efusiva e impetuosa. Sin duda, la más intensa y violenta del grupo.

La fiereza del color

André Derain, Big Ben, Londres, 1906
El escándalo causado por estas pinturas en el Salon d’Automne de 1905 fortaleció la identidad de los fauves, que a partir de entonces expusieron con frecuencia en las galerías de arte moderno de París y contaron con el apoyo de marchantes como Vollard. Por encargo de este, Derain realizó tres viajes a Londres, donde creó algunas de las pinturas más espectaculares del fauvismo. El artista renovó radicalmente la imagen de la capital británica a través de un uso de los colores absolutamente feroz, completamente desligado de la descripción naturalista y de una enorme variedad estilística. Marquet, en París, realizó también una importante serie de vistas urbanas, de colores más apagados pero con una asombrosa capacidad para traducir la atmósfera de la ciudad, desechando los detalles y centrándose en lo esencial. Vlaminck, por el contrario, continuó pintando en los alrededores de Chatou, centrando su atención en la agitación del paisaje, con pinceladas cada vez más expresionistas y colores exuberantes que inducen a la simplificación de los volúmenes a través de una desbordada, anárquica y ardorosa forma de ejecución.
Raoul Dufy, L'Estacade du Casino Marie-Christine à Sainte-Adresse, c.1906
A comienzos de 1906 se incorporaron al grupo tres pintores provenientes de Le Havre: Raoul Dufy, Othon Friesz y Georges Braque, que renovaron de forma brillante el movimiento. Su llegada supuso un auténtico soplo de aire fresco, ya que el grupo inicial del atelier Moreau comenzaba a abandonar la intensidad de sus paletas. Tomaron la costumbre de pintar juntos, tal y como habían practicado con anterioridad los demás fauves: Marquet y Dufy recorrieron juntos la costa de Normandía, compartiendo motivos como la playa y la estacada de Sainte-Adresse. Por su parte, Braque y Friesz pasaron parte del verano pintando juntos en Amberes para después trasladarse a l’Estaque y la Ciotat, pequeños pueblos pesqueros cercanos a Marsella donde pasaron el invierno. Allí, una vez más, la luz del mediterráneo les inspiró para subir de tono su paleta y crear brillantes pinturas de colores exacerbados y formas serpentinas.

Senderos que se bifurcan

Georges Braque, Paysage de Provence, l'Estaque, 1907
Finalmente, la exposición cerrará con un grupo de pinturas que presentan los distintos caminos que tomaron los fauves a partir de 1907. Aunque desde el comienzo el fauvismo estuvo fundamentalmente centrado en el paisaje, muchos de ellos se vieron muy atraídos por la vida del París nocturno, tema por otro lado típico de la vanguardia. Vlaminck, Rouault y Van Dongen reflejan este mundo de prostitutas y personajes de circo con una gran crudeza y vivacidad a través de colores exaltados y pinceladas enormemente expresivas y violentas, que enlazan en cierto modo con la pintura expresionista que estaba naciendo fuera de Francia.
Cézanne había muerto en octubre de 1906 y en su honor se organizó una importante retrospectiva con ocasión del Salon d’Automne de 1907. Pese a que el cezannismo había estado muy presente en el estilo de los fauves desde sus años de formación, el redescubrimiento de su obra, junto al hallazgo de la escultura primitiva y el impacto que les causó Les Demoiselles d’Avignon de Picasso, provocaron un rápido abandono del color para centrarse en el dibujo y la forma. Este renovado interés por Cézanne se vio traducido en una importante serie de bañistas, con figuras de una gran monumentalidad y unas paletas cada vez más apagadas. Además, algunos de los fauves -como Braque, Derain y Dufy- asimilaron su nueva visión del orden y de la estructura de la naturaleza, que se tradujo en una geometría de formas próxima al cubismo. Por esta razón, la última sección de la exposición analiza este paso del fauvismo cezanniano a los inicios del cubismo. Además, este apartado incluye un grupo de cerámicas que forma un interesantísimo diálogo con la pintura del momento final del fauvismo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Renoir: Intimidad


Esta ha sido una de las muestras del Museo Thyssen-Bornemisza que mas me han impresionado en los ultimos años. Quiza sea por mi debilidad por los impresionistas en general y por Renoir en particular. Esta es la primera retrospectiva que se dedica a este genial pintor en España y destaca por el papel central que ocupan las sensaciones táctiles en sus lienzos, y que pueden percibirse en las distintas etapas de su trayectoria y en una amplia variedad de géneros, tanto en escenas de grupo, retratos y desnudos como en naturalezas muertas y paisajes.
La exposición está Comisariada por Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, cuenta con el mecenazgo de Japan Tobacco International (JTI) y presenta un recorrido por 78 obras del artista francés, procedentes de museos y colecciones de todo el mundo como el Musée Marmottan Monet de París, el Art Institute de Chicago, el Museo Pushkin de Moscú, el J. Paul Getty de Los Ángeles, la National Gallery de Londres o el Metropolitan de Nueva York. Renoir: intimidad permite descubrir cómo Renoir se servía de las sugerencias táctiles de volumen, materia o texturas como vehículo para plasmar la intimidad en sus diversas formas –amistosa, familiar o erótica–, y cómo ese imaginario vincula obra y espectador con la sensualidad de la pincelada y la superficie pictórica. 

Baile en el Moulin de la Galette, 1876
La muestra recoge obras realizadas por Renoir a lo largo de seis décadas. Su producción se caracteriza por ser placentera, apacible, hedonista y popular, con una visión del mundo alegre, afectuosa y optimista. Renoir deseaba gustar a los espectadores y rehuía deliberadamente el intelectualismo. La intención de la exposición es tratar de resaltar el papel de las sensaciones táctiles en la pintura de Renoir frente a la concepción habitual que reduce el impresionismo a la “pura visibilidad”. En sus obras, todo el cuerpo está implicado, y el sentido del tacto está estrechamente ligado a la intimidad. En sus escenas con dos o más personajes, es habitual que éstos se miren y se toquen, creando una atmósfera de calidez, cercanía y confort. Otros detalles en sus cuadros que aluden a sensaciones palpables son las cabelleras con las que juegan y se enredan las manos, los perros en los brazos de las mujeres, los paños que cubren el pecho o envuelven las piernas, las manos que tocan instrumentos, las que bordan, o incluso la espesura de un jardín. El interés de la exposición radica no sólo en mostrar esta relación táctil e íntima entre el artista y su obra, sino en intentar trasladar al espectador o despertarle estas mismas sensaciones cuando contempla sus cuadros.

La fuente, 1906
Mientras que en los retratos de grupo de Manet o Degas, por ejemplo, los protagonistas mantienen la distancia entre ellos y con el espectador, Renoir dota a sus figuras de una cercanía tangible. En sus escenas con dos o más personajes es habitual que estos participen en un juego de alternancia entre el contacto visual y el físico, parejas de hermanos o de madres e hijos en las que uno de ellos mira al otro y este le corresponde tocándole con la mano. En ocasiones, esos intercambios se establecen en torno a una actividad común, como la lectura de un libro. En el caso de los retratos individuales, Renoir aspira a ofrecer al espectador algo semejante al contacto físico aproximándose todo lo posible. Si Degas rodea a sus modelos de un decorado y unos atributos que hablan por ellos, Renoir tiende a ajustar el encuadre, suprimiendo el entorno para concentrar la mirada en el rostro. Otros detalles en los cuadros de Renoir que aluden a sensaciones palpables son las cabelleras con las que juegan y se enredan las manos, los perros en brazos de figuras femeninas, los paños o toallas que cubren el pecho o envuelven los muslos, una labor de costura, unas madejas de lana o la espesura de un jardín.

Renoir: intimidad está organizada en torno a seis bloques temáticos. En todos ellos el pintor se sirve de las sugerencias sensoriales como vehículo para representar la intimidad en sus diversas formas: social, amistosa, familiar o sensual.

Impresionismo
Baños en el Sena (La Grenouillère), 1869
El impresionismo nació en el verano de 1869, cuando Renoir y Monet se citaron para pintar en un recodo del Sena, en un café flotante con baños y embarcadero llamado la Grenouillère. El resultado son unas pinturas que actualizan el espíritu de Watteau y otros pintores rococó, en los que Renoir sugiere unos personajes sin precisar su historia, con una poética ambigüedad. En cuanto al estilo, demuestra una sorprendente variedad de recursos, modificando su paleta o su pincelada de un cuadro al siguiente o incluso dentro de una misma pintura.
La etapa impresionista, entre 1869 y 1880, ocupa dos salas de la exposición y reúne algunos de los iconos de la carrera de Renoir, como Después del almuerzo (1879) o Almuerzo en el restaurante Fournaise (El almuerzo de los remeros) (1869) , un estudio del natural de Le Moulin de la Galette (1875-1876) y algunas de las obras que pinta en La Grenouillère, zona de ocio a las afueras de París donde trabaja con Monet, como Baños en el Sena (La Grenouillère) (1869). Una selección de retratos femeninos al aire libre o en interiores - Retrato de la mujer de Monet (1872-1874)- y de parejas -El paseo (1870)-, además de un paisaje impresionista, Mujer con sombrilla en un jardín (1875), completan el capítulo. A partir de 1881 la vía impresionista parece agotada y los miembros del grupo se distancian. Renoir vuelve la mirada a la tradición clásica, desde Rafael a Jean-Auguste Dominique Ingres. No abandona el lenguaje impresionista, pero añade a su pintura un énfasis mayor en el dibujo.

Retratos de encargo

La Sra. Thurneyssen y su hija, 1910
La Tercera Exposición Impresionista en 1877 fue la última en la que Renoir participó de buen grado (en 1882, contra el deseo del artista, su galerista Durand-Ruel enviará obra suya a la Séptima Exposición Impresionista). Desde finales de los años 1870 y a lo largo de toda la década siguiente, Renoir adquiere una creciente reputación como retratista y se convierte en uno de los pintores más solicitados por la sociedad parisiense. A partir de aquí se distancia del grupo, cuya reputación radical cree que le perjudica, y busca el éxito comercial y social en el retrato de encargo, especialmente de señoras y niños. En una carta de 1878, Pissarro lo califica, no sin ironía, de «retratista eminente». En esta sección se reúnen algunos de los más famosos retratos pintados por Renoir a lo largo de tres décadas, entre los que destacan la serie dedicada a la familia Durand-Ruel o el que representa a la señora Thurneyssen y su hija.

Placeres cotidianos
Jóvenes leyendo, 1891
La pintura de género de Renoir está centrada en la mujer, habitualmente joven, sola o con otras mujeres en un interior, y entregada a alguna actividad que absorbe su atención completamente, como la música, la lectura o la toilette, y la hace desentenderse del espectador. Renoir nos ofrece el placer de asomarnos a este espacio íntimo. Entre las escenas de género, encontramos retratos de mujeres jóvenes, solas o con otras mujeres, que se sitúan en un interior y en los que las protagonistas aparecen abstraídas en alguna actividad que las aísla del espectador. La maceta verde (1882) o Jóvenes leyendo (1891) nos permiten asomarnos a este espacio íntimo de placeres cotidianos.






Paisajes del norte y del sur
Colinas alrededor de la bahía de Moulin Huet, Guernsey, 1883
A diferencia de la mayoría de los impresionistas, Renoir fue sobre todo pintor de la figura humana. Pintar paisajes representaba para él, según decía, un descanso de la tensión que le provocaba pintar sus cuadros de figuras, así como un modo de experimentar con la paleta y la factura pictórica. Quizá debido a ese carácter experimental, sus paisajes suelen ser de pequeño formato, pero poseen a cambio una mayor frescura. En esta sección se incluyen vistas de la costa de Normandía y sus alrededores -Colinas alrededor de la bahía de Moulin Huet, Guernsey (1883)- y Provenza, donde comparte motivos pictóricos con su amigo Cézanne -La montaña de Sainte-Victoire (hacia 1888-1889)-, así como de distintas localizaciones del sur de Italia: La bahía de Salerno (Paisaje del sur) (1881).

La familia y su entorno

Maternidad, 1885
Desde el nacimiento de su hijo Pierre en 1885, los temas familiares ocuparán buena parte de la producción de Renoir. En esta sección encontramos una selección de escenas familiares y domésticas protagonizadas por sus hijos - Coco tomando su sopa (1905) o Jean como cazador (1910)-, su mujer Aline que, con motivo del nacimiento de su primer hijo Pierre, posa en Maternidad (1885) y Aline amamantando a su hijo (1915), así como otros miembros de su entorno más cercano como Gabrielle Renard, la niñera y pariente lejana de Aline, que se convierte en una de sus modelos favoritas -Niño con manzana o Gabrielle, Jean Renoir y una niña (hacia 1895-1896)- y Andrée Heuschling -El concierto (1918-1919)- quien se casará con su hijo Jean tras la muerte del pintor.


Bañistas

Gran bañista, 1905

Uno de los motivos predilectos de Renoir son los desnudos. Un género que los impresionistas, a excepción de Degas, no trataron por considerarlo académico. Centrado en su propia elaboración estilística, el pintor llega a una de las cimas de su producción con las bañistas, una serie de desnudos al aire libre en los que reivindica una naturaleza atemporal que elude cualquier referencia a la vida moderna. Una visión edénica marcada por la sensualidad de las modelos, la riqueza del colorido y la rotundidad de las formas. Asociado a la tradición académica, este género no se prestaba en principio al tratamiento impresionista; Renoir fue el primero en abordarlo, un ejemplo del cual es la Ninfa junto a un arroyo incluida aquí. Más tarde, al alejarse del impresionismo en la década de 1880, el desnudo adquiriría una importancia aún más capital.
Los desnudos tardíos de Renoir no son fáciles de clasificar. Se ha dicho que el pintor aspira a la fusión del cuerpo femenino con la naturaleza, pero algunos de esos desnudos aparecen en interiores. También se ha destacado la atemporalidad de sus bañistas, pero algunas de ellas tienen a su lado vestidos y sombreros modernos. Lo único evidente es que estas figuras de pequeña cabeza y cuerpo grande, desproporcionadas y monumentales, emulaban a Miguel Ángel, Tiziano y Rubens. Y a la vez suscitaron la admiración de Bonnard y Matisse, Modigliani y Picasso (que fue el propietario de la gran Eurídice de esta sala).













viernes, 11 de noviembre de 2016

Robert Doisneau: La belleza de lo cotidiano


La Fundación Canal, junto con el Atelier Robert Doisneau presentan en Madrid la exposición "La belleza de lo cotidiano" sobre la obra de uno de los pilares fundamentales de la fotografía del siglo XX. Esta muestra supone una oportunidad única de aproximarse de una forma diferente a Robert Doisneau como personaje y, en consecuencia, a su obra. Por primera vez en España conviven en un mismo espacio varias de las obras emblemáticas del artista, y otras nunca o muy poco vistas que descubrirán una faceta inesperada y desconocida hasta el momento.
Autorretrato con Rolleiflex,
Robert Doisneau vivió uno de los periodos más fructíferos de la Historia de la Fotografía y logró pertenecer, por derecho propio, a un selecto grupo de artistas que hoy se consideran los grandes mitos de la fotografía universal. Con su estilo fresco, inmediato y reconocible produjo alrededor de 450.000 negativos. Su trabajo se basaba en encontrar un escenario sugerente y estar atento a todo lo que pasaba a su alrededor para captar los gestos de personas corrientes en situaciones cotidianas. Su estilo se vio marcado por la insumisión que le caracterizaba: rechazó las normas impuestas, nunca se plegó a las modas y se desmarcó de todo cuanto le pareciera preestablecido. Su legado artístico es el resultado de esa sucesión de instantes de desobediencia. Caótico por naturaleza, Doisneau no seguía orden ni criterio alguno. Resulta por tanto muy complicado clasificar y ordenar sus trabajos, ya que no tenía una intención artística preconcebida. Empeñado en mostrar la vida no como es, sino como a él le hubiera gustado que fuera, Doisneau fue un extraordinario narrador que dio vida a una ficción directamente extraída de la realidad, devolviendo un reflejo modificado de momentos insignificantes.
Doisneau pertenece a la llamada Escuela Humanista, de la cual es uno de sus más afamados representantes. Exponente del realismo poético y fiel a su particular estilo, que tan magníficamente ha sobrevivido al paso de los años, desarrolló un claro modus operandi que se basaba en encontrar el escenario perfecto y estar atento a todo lo que ocurría a su alrededor.
El beso de l'Hôtel de ville, 1950
El trabajo de Doisneau no puede comprenderse sin tener muy presente su empeño en mostrar la vida no como es, sino como a él le hubiera gustado que fuera: "Mi foto es la del mundo tal y como deseo que sea". "Lo que estaba tratando de mostrar era un mundo en el que me hubiera sentido bien, donde la gente era amable, donde encontré la ternura que yo esperaba recibir. Mis fotos eran como una prueba de que este mundo podía existir". Estas declaraciones junto a esta otra que ya hemos mencionado anteriormente: "Mi vida es telescópica. No había plan alguno, sino una improvisación día a día. No era nada inteligente" definen claramente su estilo y forma de trabajar, el cual no seguía ningún orden ni criterio, muy propio de la rebeldía que le caracterizaba y que le hizo rechazar las normas establecidas. Nunca se plegó a las modas gráficas y se desmarcó de todo aquello que veía como sistema. En un principio trabajaba solo por encargo. A veces imágenes industriales, otras publicitarias, portadas de revistas o de libros, trabajos a los que dotaba de un escrupuloso y permanente espíritu de inventiva. Su comportamiento artístico, de vocación más instintiva que intelectual, daba voluntariamente la espalda a toda sofisticación formal y dejaba intervenir el azar como actor de pleno derecho. También esto responde a su deseo de mostrar la vida según como a él hubiera gustado que fuese. Fue este espíritu de inventiva lo que le llevó a rodearse de gente del mundo del espectáculo. Sus mejores amigos eran actores, músicos y escritores; solo se encontraba cómodo con quienes sabían “inventar sueños” y crear ilusiones. Era un etnólogo de su propio entorno.
Los panes de Picasso, 1952
La muestra incluye 110 fotografías que evidencian la extraordinaria capacidad de Robert Doisneau de extraer La belleza de lo cotidiano, virtud que da título a esta exposición que aglutina varias de sus obras emblemáticas y otras nunca o muy poco vistas. Esta dualidad ofrece una oportunidad única de aproximarse de una forma diferente a la obra de Robert Doisneau y, en consecuencia, al personaje. Una exhaustiva y personal selección llevada a cabo por sus hijas y comisarias de esta exposición, Annette Doisneau y Francine Deroudille, atendiendo a los principales intereses y temas preferidos de su padre. Además, también se exhibe cierto material personal del fotógrafo como su cámara Rolleiflex, varias publicaciones originales donde se difundieron sus trabajos, como la revistas Fortune o Life, cuatro hojas de contacto y tres collages.
La muestra abarca 45 años de creación del artista: desde finales de la década de los 20 hasta mediados de la década de los 70, ocupando los años 40 y 50 el grueso de su trabajo. Podemos contemplar la evolución de Doisneau desde su periodo de formación como artista hasta su madurez como fotógrafo, momento en el que a través de su cámara ya observamos una manera muy personal de fotografiar, su sello propio.
Mademoiselle Anita, 1951
La exposición se divide en dos secciones: La belleza de lo cotidiano, que alberga 80 copias de época, algunas de sus obras más conocidas en blanco y negro, como El beso del Hôtel de Ville,  mademoiselle Anita o el retrato de Pablo Picasso, y otras hasta hoy nunca vistas por el público o muy poco difundidas. Las fotografías que podemos ver en esta sección reflejan multitud de pequeñas historias reales compuestas por fotografías del extrarradio gris de París, fábricas, niños solitarios o rebeldes, niños en la escuela, la Guerra, jornadas de trabajo, fiestas de un pequeño pueblo galo, artistas, gente del espectáculo, del mundo de la moda…, sin duda todo un relato autobiográfico. Cada imagen describe una realidad tangible de aquella época. Todos los personajes que aparecen en las fotografías se perdieron en su poética particular hasta llegar a un mundo totalmente imaginario.
La segunda sección de la muestra presenta la serie en color Palm Springs 1960, una sorprendente, inesperada e irónica producción de los años 60 olvidada desde entonces y recuperada para esta exposición. Esta serie, que descubre una fase muy desconocida del artista, es el primer trabajo a color de Doisneau, detalle que resulta sorprendente ya que había experimentado con el color durante los 20 años anteriores. Y es que es poco sabido que Doisneau era un enamorado del espectro cromático pero no trabajó antes con él porque, en aquella época, trabajar a color era muy caro y porque él mismo dudada sobre la perdurabilidad del color.

Piscina, 1960

sábado, 22 de octubre de 2016

Bruce Davidson


Bruce Davidson comenzó una apasionada relación con la fotografía desde muy joven. Más que responder a un estilo concreto, su obra se caracteriza por una visión personal de la realidad en la que su arte se manifiesta no tanto en imágenes individuales, sino en el efecto de reiteración y yuxtaposición de temas y de personajes. Con ellos compartimos una intimidad a la que solo nos ha sido posible acceder a través de la carismática presencia de Davidson, que se granjeó la confianza y el acceso a la vida de las personas retratadas, incluso en los temas más conflictivos, con una asombrosa facilidad. Su obra es así el reflejo de un compromiso ético ante las duras realidades y los entornos precarios y vulnerables en los que se desenvuelve la existencia cotidiana de las personas fotografiadas. Cada proyecto trasciende la fotografía documental, cada fotografía tiene valor como parte de esa secuencia vital que el fotógrafo nos descubre. Se enfrenta a temas que lo afectan emocionalmente, y que le permiten poner en práctica su ideal humanista, su manera de relacionarse con el otro a través de la fotografía. Así logra una intimidad que se refleja en cada imagen y nos muestra una perspectiva única y personal.
La Fundación MAPFRE presenta en Madrid la primera exposición retrospectiva de Bruce Davidson en España, uno de los más destacados fotógrafos de la denominada fotografía humanista y miembro de la agencia Magnum. La muestra hace un recorrido a lo largo de toda su carrera, más de cincuenta años de trabajo continuado, y presenta algunas de sus más celebres series en las que el fotografo se centra por un tiempo, que a veces pueden ser años, en un mismo tema. 

Los Wall, 1955

John y Kate Wall, Patagonia, Arizona, 1955
Un día de 1955, mientras realizaba el servicio militar en Arizona, se topó con un anciano que conducía un viejo Ford y a quien pidió fotografiar: era John Wall, quien, junto a su esposa Kate, acogió a Bruce Davidson desde ese momento. Por primera vez crea un proyecto personal, desarrollado libremente y con la atención necesaria para transmitir un tema que en cierta manera pertenece a la experiencia privada del fotógrafo y que comparte con nosotros. Con unos contrastes exagerados de claroscuro y un delicado acercamiento a los planos más íntimos, la serie nos introduce en una cotidianidad narrativa, el devenir de los días a través de los pequeños hechos que se repiten monótonamente, en un espacio atemporal, que despide un halo melancólico muy presente en sus primeros años de trabajo.

La viuda de Montmartre, 1956

La viuda de Montmartre, París, 1956
Un año más tarde, cuando Bruce Davidson tenía 22 años, fue destinado a un campamento militar aliado cercano a París, donde conoció a Madame Margaret Fauché, viuda de un pintor impresionista de segunda fila, Léon Fauché, que había conocido a todos los protagonistas del movimiento. Davidson la visitó durante meses cada fin de semana y la retrató en un ambiente suspendido en el tiempo, en su pequeño y atestado apartamento lleno de recuerdos o en sus paseos por los parques parisinos. De nuevo, y es algo que confirma su manera de trabajar desde entonces, se enfrenta a un tema que lo afecta emocionalmente, y que le permite poner en práctica su ideal humanista, su manera de relacionarse con el otro a través de la fotografía.

El enano, 1958

Jimmy Armstrong, Palisades, Nueva Jersey, 1958
Recién incorporado a la agencia Magnum, Bruce Davidson realizó una de sus principales series hasta la fecha cuando visitó el circo Clyde Beatty, uno de los más importantes de Estados Unidos, en el que actuaban algunas de las grandes figuras de la historia del circo americano. Pero Davidson no se centra en la vistosidad ni en las proezas de los protagonistas que llenan los carteles del circo, sino en las actividades cotidianas que realizan los artistas y trabajadores en la trasera del circo y, especialmente, en la vida de Jimmy Armstrong, un payaso enano, trabajador incansable, hombre para todo en el circo, además de divertir a los niños con sus disfraces y bromas. El sentimiento de soledad y aislamiento, junto al clima de respeto y humanidad que se desprende en estas fotografías trasciende la mera documentación. Desde estas primeras series se observa una manera original de abordar el tema, un compromiso que lo aleja de las convenciones de los fotorreportajes.


Bandas de Brooklyn, 1959

Nueva York, 1959
Bruce Davidson leyó en la prensa un artículo sobre una reyerta entre dos bandas callejeras en Brooklyn y contactó con ellos. Davidson tenía 25 años y ellos unos 17. Después de pasar algún tiempo con estos jóvenes, se ganó su confianza y empezó a sentir cierta empatía con ellos. Efectivamente, la serie no trata de trifulcas callejeras, sino de un profundo retrato de la tensión emocional, los problemas de abuso y abandono de estos chicos adolescentes en un barrio marginal. En el relato de Davidson, la conquista de la autoestima, los problemas de comunicación, la dependencia del grupo y la creación de núcleos familiares sustitutorios están observados de forma admirable. Davidson no es un fotógrafo de calle en el sentido tradicional pero tampoco es un fotoperiodista convencional, y en esta serie encontramos características de ambos estilos. La mirada ágil de su Leica, que permitía una visión mucho más discreta, rápida e intuitiva, hace que esta serie tenga más acción que las anteriores, con toques gruesos y expresionistas. Un estilo más gestual, una mirada fugaz, parcial y transitoria que, al estilo de Robert Frank, estaba aportando una nueva complejidad a la fotografía.

Inglaterra/Escocia, 1960

Londres, 1960
Bruce Davidson conocía sin duda algunas imágenes del extraordinario retrato de la sociedad inglesa que el fotógrafo Bill Brandt hizo en su conocido libro The English at Home (1936). En el trabajo de Davidson también encontramos todos los estratos de la sociedad británica, a veces mediante retratos individuales claramente identificativos de sus profesiones y otras más genéricos, como las imágenes que muestran a la clase trabajadora británica en sus días de descanso en la playa. En ellos es también evidente la fuerte estratificación social del país y el claro choque cultural que supuso para Davidson el encuentro con un país donde aún eran visibles los vestigios de la guerra mundial. En estas escenas callejeras es donde se puede atisbar un recuerdo más claro de la clásica manera de fotografiar de Henri Cartier-Bresson. Sin embargo, en otras fotografías con un fuerte contraste de negros, un evidente granulado y una densa atmósfera creada, muestra una fotografía más innovadora y personal.


Tiempo de cambio, 1961-1965

Marcha de Selma, Selma, Alabama, 1965
La década de 1960 supuso un punto de inflexión en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y el inicio de uno de los períodos más convulsos de su historia social contemporánea. Bruce Davidson acababa de recibir una beca Guggenheim con un proyecto acerca de la situación de la juventud en América y, a la vez, un encargo de The New York Times para cubrir los Viajes por la Libertad, de modo que, de la noche a la mañana, se subió a un autobús lleno de jóvenes voluntarios –protegidos por la Guardia Nacional– que salió de Montgomery (Alabama) con dirección a Jackson (Mississippi). Iban dispuestos a luchar por los derechos civiles: todos sus integrantes fueron arrestados al llegar. En conjunto, estas fotografías tienen un enorme valor histórico: es un documento imprescindible para entender la constancia e importancia que supuso aquella lucha para conquistar finalmente la igualdad de derechos. Las primeras fotografías de la serie tienen la inmediatez, la urgencia que describe una situación de la que hay que informar sobre la marcha. Son, de hecho, las más fotoperiodísticas que encontramos en su obra.

Años de viajes, 1961-1965
Italia, México, Chicago, Los Ángeles, Gales, España

Los Ángeles, California, 1964
Estos fueron unos años muy intensos de actividad para Bruce Davidson, y también de extraordinaria creatividad. Viajó y realizó reportajes sobre otros lugares del mundo, como Oaxaca en México o Sicilia en Italia. También vino a España, donde debía cubrir el rodaje de una película bélica, Mando perdido (Lost Command, 1966), protagonizada por Anthony Quinn y Alain Delon que se rodó en Málaga y Almería. Durante las escenas de batallas aparecían niños por todos lados que se tiraban al suelo imitando a los soldados muertos, provenían del barrio almeriense de La Chanca. Otro de los reportajes más interesantes de estos años fue el que realizó sobre The Loop, el metro elevado que recorre el centro de la ciudad de Chicago. Hay visiones inéditas de Davidson, y también sorprende por el empleo de algunas estrategias de la fotografía de calle, de las situaciones inestables y fragmentarias que toma. En Los Ángeles, Davidson tiene la mirada de un extraño sorprendido e intenta comprender ese mundo extraño a través de su cámara con una visión más áspera e irónica de esos paisajes inhóspitos y estos personajes un tanto raros. En Gales, Davidson se interesó por la zona minera del sur. Conocía y admiraba los trabajos que habían hecho una década antes W. Eugene Smith (1950) y Robert Frank (1953) sobre los mineros y es posible percibir rastros del trabajo de ambos, tanto la empatía de Smith con los trabajadores como la poética forma narrativa de Frank.

Calle 100 Este, 1966-1968

Calle 100 Este, Harlem, Nueva York, 1966
Este es probablemente el proyecto más conocido de Bruce Davidson. La serie se expuso en el MoMA al año siguiente de finalizarla y el libro resultante se convertirá en uno de los más influyentes de la década. Se aproximó a esta zona maldita, conocida como Spanish Harlem o El Barrio, con la misma afinidad y dedicación que lo hizo en The Brooklyn Gang o en las fotografías sobre la lucha por los derechos civiles, pero ahora con un sentido más pronunciado de su responsabilidad hacia el tema, que enlaza con las intenciones reformistas y sociales del fotógrafo Lewis Hine. El barrio en el que se adentra Davidson se había convertido en un gueto, y como tal lo retrata. La descripción es tan completa, abarcadora e intensa que vamos penetrando paso a paso en un mundo de negros y latinos que permanecían invisibles para el mundo exterior. Su aproximación no es ni moralizante ni sensiblera. Es fruto de la compenetración y complicidad entre fotógrafo y retratado, verdadera clave para que esa gente se presente ante la cámara con su humanidad intacta. En esta ocasión Davidson cambia de estrategia y utiliza una cámara de gran formato obteniendo como resultado retratos a medio camino entre la instantánea y el retrato posado. Las cualidades de un negativo más grande y el uso del flash aumenta también la riqueza descriptiva y la precisión.

Cafetería Garden, 1973-1976

Bessie Gakaubowicz, Cafetería Garden, Nueva York, 1973
Mientras Bruce Davidson realizaba un documental sobre Isaac Bashevis Singer, ambos solían encontrarse en una cafetería del Lower East Side, la Garden Cafeteria, que el escritor frecuentaba regularmente. Los clientes que allí se reunían eran judíos que habían llegado a Nueva York después de la guerra, algunos supervivientes del holocausto y vecinos que se conocían de toda la vida en el barrio. Davidson, también judío y cuya familia provenía de Polonia como la de Singer, sintió cierta proximidad con estos personajes, a veces solitarios y marcados por un pasado terrible, que le contaban la historia de sus dolorosas vidas en las innumerables visitas que hizo a partir de entonces a esta cafetería para charlar con ellos y fotografiarlos. Ahora, con una cámara pequeña, pero con trípode y flash de nuevo, consigue traer a los personajes a un primer plano. Lo interesante de estos retratos individuales es que son, a la vez, corales. En ellos se van superponiendo las historias personales, las tristezas compartidas, las memorias de un pasado común distante, creando un ambiente denso, como detenido en el tiempo.

Metro de Nueva York, 1980

Metro, Nueva York, 1980
Esta es una nueva y sorprendente serie que nada tiene que ver con otros trabajos realizados en el metro neoyorkino anteriormente. Es ampliamente conocido el proyecto de Walker Evans Many are Called, publicado en 1966. Salvo por la innovación y el riesgo, no hay más puntos en común con la obra de Bruce Davidson, de ahí que sea interesante la comparación. Parte del atractivo de las fotografías de Evans estriba en que disparaba a ciegas, pues estaba prohibido fotografiar en el metro y escondía una pequeña cámara de 35 mm en su abrigo, por tanto todos los retratados son ajenos al hecho fotográfico. Davidson, en cambio, iba pertrechado de cámaras y accesorios que lo delataban: como siempre, había pedido permiso a las autoridades para realizar el trabajo y casi siempre preguntaba a las personas a las que iba a fotografiar. Davidson se recrea en el ambiente claustrofóbico del metro; y su estilo, un tanto invisible en las décadas anteriores, pasa a tener una presencia dominante, incluso beligerante.

Central Park, 1992-1995

Central Park, Nueva York, 1992‐1995
Cuando fotografió por primera vez Central Park en 1960, estaba inmerso en la serie Brooklyn Gang; y por encontrar la tranquilidad que ese proyecto tan tenso y absorbente no le permitía, fue por lo que se dedicó a fotografiar la naturaleza y los espacios abiertos del parque. Más tarde, entre 1992 y 1995, volverá a centrarse en Central Park como tema principal de una manera consciente e intencionada. Bruce Davidson, que aún vive a unas manzanas del parque, estaba acostumbrado a pasear por él, de modo que también fue testigo del enorme cambio sufrido en los últimos años: pasó de ser un lugar peligroso a una auténtica reserva natural en medio de la ciudad. Exploró el parque con la ambición del naturalista: fotografió árboles, animales y personas, tanto los visitantes como los residentes (los sintecho que se refugiaban allí). Con su habitual pasión, dedicación y paciencia, visitó el parque a diario durante estos años, de día o de noche y en todas las estaciones del año, realizando un completo registro visual y metafórico de este microcosmos que es Central Park.

Naturaleza de París, 2005-2006 / Naturaleza de Los Ángeles, 2008-2013

Los Ángeles, California, 2008
En las dos últimas décadas, Bruce Davidson centra todo su trabajo personal en el tema de la naturaleza, que, a modo de trilogía, continuará en los espacios que lo natural comparte con la ciudad, en París y Los Ángeles. Estos son los dos proyectos que cierran esta intensísima vida dedicada a la fotografía con más de cincuenta años continuados de trabajo. Cuando los realizó ya estaba entrado en los setenta años, pero parecía contar con la misma energía, jovialidad y ganas de aprender que tenía de joven y que aún hoy mantiene cuando trabaja en el Museo de Historia Natural, próximo a su casa. Estas fotografías últimas no tienen un plan preconcebido, salvo el de seguir indagando en la relación de los espacios urbanos y la naturaleza. Están realizadas para el propio disfrute, para el descanso del ojo entrenado y curtido en los temas más comprometidos, para encontrar significado en los pequeños detalles y descubrir revelaciones inesperadas en estos elementos naturales. En estos proyectos Davidson trabaja con una cámara Linhof de gran formato y una Hasselblad, a veces con un gran angular que hace más irreal un paisaje ya de por sí desconcertante y hostil en el caso de Los Ángeles.