lunes, 18 de febrero de 2013

Virxilio Vieitez

Virxilio Vieitez era para mi, hasta hoy, un absoluto desconocido. Esta mañana, tras desayunar con unos amigos en un pequeño café de la Plaza de Canalejas, nos hemos acercado a conocer "Espacio", el nuevo centro de exposiciones de la Fundación Telefónica, inaugurado ya hace unos cuantos meses, que hasta ahora no había tenido ocasión de visitar. Allí me he encontrado una singular y muy interesante muestra de fotografía.

Se trata de una retrospectiva de la obra del fotógrafo gallego Virxilio Vieitez.  En ella se evidencia la particular mirada del fotógrafo, dotado con una habilidad única para hacer rotundas, solemnes e intensas las imágenes cotidianas, carentes de todo artificio. El conjunto de su obra, fielmente representado en esta exposición, constituye un verdadero testimonio gráfico de la vida cotidiana en los pueblos de la comarca Terra de Montes durante los años de la segunda mitad del siglo pasado.  

Desde que la fotografía se inventó a mediados del siglo XIX, el ser humano ha utilizado estas imágenes con diferentes intenciones. En la exposición podemos distinguir diversos usos de la fotografía. Por un lado, las fotografías de los documentos de identificación como DNI, pasaporte, cartilla escolar o familia numerosa. Por otro, las fotografías destinadas a acompañar las cartas enviadas a los familiares emigrados. Por último, los retratos post mortem, responden a un uso de la fotografía como documento casi notarial: era una época en la que nadie pensaba que una imagen pudiese estar manipulada, por lo que se daba por hecho que lo que se veía en la imagen era una verdad incuestionable. 

Es en este entorno en el que trabajó Virxilio Vieitez. Desde el principio, sus clientes fueron los habitantes de la comarca de Terra de Montes. Durante los años cincuenta y sesenta trabajó a destajo, fotografiando bodas, bautizos, funerales y todo tipo de ceremonias; y retratando a todos los vecinos, cuando se estableció la obligatoriedad de incluir una fotografía en el DNI en 1962. En estos años, la mitad de la población de Galicia vivía fuera de sus fronteras. La mayoría se había ido a América, pero muchos otros se fueron a Europa y a otros lugares de España (como el propio Virxilio que, de joven, se había marchado a Cataluña). En ese momento, la fotografía sirvió como instrumento privilegiado para comunicarse. Las imágenes ilustraban y reforzaban el contenido de las cartas que la gente enviaba a sus familiares emigrados. Por eso, fotografiarse era algo especial, un lujo al que las personas daban un gran valor emocional. 
  
El montaje presentado evoca Soutelo de Montes, el pueblo de Virxilio. Las fotografías se exponen en paneles individuales, aludiendo al encargo particular que cada una de ellas supuso, y están colocadas en torno a un vacío que funciona como la plaza del pueblo y articula el espacio expositivo. De esta forma, no hay un recorrido dirigido y el visitante se puede mover libremente entre las obras. A continuación se pueden ver algunas de ellas que dan una idea aproximada de la exposición. 

Este es el retrato de Yolanda, una niña de la comarca de Terra de Montes. Esta fotografía se tomó para ilustrar su carné de identidad. En 1944 se decretó la obligatoriedad de que todo ciudadano tuviese un carné de identidad. Desde principio de los años 60, Virxilio Vieitez visitó cada rincón de la comarca para realizar los retratos oficiales que debían incorporarse al carné. La metodología era siempre la misma: tras extender una sábana blanca para aislar al modelo en un fondo neutro, Virxilio colocaba un banco de madera en donde se sentaba el retratado. A pesar de que sólo se necesitaba una fotografía del busto de la persona, Virxilio abre el plano y nos deja ver mucho más. Así evitaba deformar la imagen al acercar demasiado la cámara al modelo. 


Foto destinada a ilustrar el carnet de familia numerosa de los Moa. Al igual que hace con las fotografías para DNI, el fotógrafo coloca una sábana blanca, a modo de fondo neutro, para aislar a los retratados. Aunque sólo se necesitaba un retrato del busto, Virxilio siempre tomaba una imagen con un encuadre mayor del necesario. Por esta razón, podemos ver lo que pasa alrededor de los modelos (en este caso, la forma tan ingeniosa de sujetar la sábana). Posteriormente, en la fase de positivado que se lleva a cabo en el laboratorio, Virxilio recortaba la imagen alrededor de los retratados con el fin de adecuarla a las medidas rectangulares requeridas por las instituciones. La posición de los distintos miembros de la familia no es casualidad, había una serie de reglas que jerarquizaban la composición: los padres solían estar de pie y a los lados, y los hijos aparecían delante, sentados o de pie, encima de un banco.


En esta fotografía aparecen retratadas tres hermanas de Soutelo de Montes. Cuando Virxilio vuelve a su pueblo a mediados de la década de los cincuenta, monta un pequeño estudio en casa de su suegra. 
En esta obra queda patente el tipo de composiciones hieráticas y solemnes propias de la fotografía de estudio. Vieitez trabaja siguiendo siempre el mismo procedimiento: apunta a la cintura para centrar al modelo y que quede campo arriba y abajo. El resultado son composiciones equilibradas.
Estos retratos de estudio eran caros, por eso hacerse una fotografía era todo un acontecimiento. El acto de retratarse era algo tan poco habitual, que la gente no sabía cómo posar frente a la cámara. Todo esto le confería al fotógrafo gran autoridad: los modelos se dejaban guiar por Virxilio, él era el que decidía todo lo que iba y cómo iba a aparecer en la imagen.


Este es el retrato de dos hermanos de Soutelo de Montes. Los niños aparecen muy bien vestidos porque en aquellos años fotografiarse era un acontecimiento en sí mismo, para el que la gente se ponía sus mejores ropas. Aunque es una fotografía tomada en el exterior, Virxilio sigue el mismo procedimiento que utiliza para retratar en el estudio: apunta a la cintura para centrar al modelo en la composición y que quede campo arriba y abajo. Virxilio prefería trabajar en el exterior porque así podía aprovechar el paisaje de Soutelo de Montes como escenario, y la luz natural como iluminación. En la fotografía de estudio era habitual que el modelo apareciese de pie, en una postura solemne y con un objeto de uso cotidiano o importante para el propio retratado, en la mano. En este caso, ese objeto es la muñeca que está en el carro y que, como la ropa, debía ser uno de los mejores juguetes que tenían los niños.


En esta fotografía Virxilio ha retratado el momento en el que la novia y el padrino se dirigen, acompañados por los invitados de la boda, hacia la iglesia. Cada vez que en el pueblo se celebraba un acontecimiento importante se contrataba a Virxilio. Él siempre estaba en las fechas señaladas para las familias de Soutelo, desde el bautizo al funeral pasando por la comunión y la boda, dispuesto a inmortalizar esos momentos. Estos fotorreportajes, como se los llamaba entonces, no eran la parte del negocio que a él más le gustaba, pero era la que más rentable le resultaba pues muchas veces, los invitados le encargaban copias de las fotografías en las que ellos aparecían.




Aquí aparece una familia de agricultores. Los padres posan al lado de un arado -el mismo útil que se venía usando para trabajar el campo desde la Antigua Roma- y la hija aparece al lado de la cabeza de los bueyes. Esta imagen, además de ser un retrato de familia, constituye un documento que nos da información muy valiosa sobre el sector primario en la Galicia rural de mediados del siglo XX.

En esta fotografía aparecen retratados dos acróbatas de un circo. El plano general nos enseña, además de las dos figuras enteras, el lugar en donde están. Vemos como han utilizado telas de colores para cubrir el fondo y la tarima del suelo. Teniendo en cuenta el tiempo que se tomaba en hacer una fotografía en esos años, sabemos que los dos acróbatas están posando, manteniendo la postura el tiempo suficiente para que la fotografía no salga movida. Virxilio le dedicó toda una serie (se puede ver parte de ella en la exposición) a esta familia de artistas circenses que iban por los pueblos amenizando a la gente con su espectáculo.

En esta fotografía vemos al difunto O Regueiro rodeado por su familia y gente del pueblo de Soutelo de Montes. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la fotografía se convirtió en el medio más demandado para inmortalizar a las personas que fallecían. En Galicia esta práctica se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, siendo Virxilio Vieitez uno de los últimos en realizar este tipo de fotografías. Por un lado, los retratos post mortem funcionaban casi como un acta de defunción para los parientes emigrados, pues servía para que vieran que la muerte era cierta y tocaba repartir la herencia; y, por otro, la fotografía unía a la familia con sus antepasados.


Este es un retrato de tres músicos. Probablemente ellos eran los encargados de amenizar alguna de las celebraciones para las que se contrataba a Vieitez, por lo que su oficio, como el del fotógrafo, también se enmarcaría dentro del sector terciario o servicios.

Los tres van igual vestidos, uno de ellos toca un saxofón, otro una trompeta y el tercero les dirige con una batuta y les acompaña con la voz. Frente a las imágenes hieráticas tomadas en el estudio o en otro tipo de retratos, Vieitez consigue aquí una imagen mucho más dinámica. Los modelos no parecen posar, más bien todo lo contrario, esta obra parece una instantánea, y el que uno de ellos ni siquiera mire a la cámara ayuda a reforzar esta sensación.


En esta imagen vemos a una familia trabajando en un aserradero. No es casualidad que en primer plano se vea al hijo y al fondo a los padres. Esta composición la ha decidido Virxilio para que se les vea bien a todos, algo que no habría sucedido si el niño se hubiese colocado, como los adultos, detrás de la máquina.

En esta obra los retratados no miran a la cámara, sino que parece que están concentrados trabajando. Este detalle le confiere a la imagen un aspecto de espontaneidad, como si Virxilio les hubiese fotografiado en un momento cualquiera de su jornada laboral.


En esta imagen Virxilio ha retratado a toda la familia Monso. Para ello, el lugar elegido ha sido el propio negocio familiar. Que casi todos ellos aparezcan tras el mostrador de la tienda nos indica que o eran los propietarios o trabajaban allí. El único que aparece delante del mostrador es el niño y por razones prácticas, si se hubiese colocado detrás, no habría salido en la fotografía. Un lugar importante de la composición, lo ocupa la balanza que utilizaban para pesar la carne, lo que nos da idea de la importancia de esta máquina para el negocio.

En este caso, a diferencia de otras fotografías que Vieitez toma de negocios familiares, los retratados aparecen posando y no trabajando, pues todos miran a la cámara.


Esta fotografía registra el momento en el que una familia recibe el dinero de un préstamo bancario que le acaban de otorgar. En primer plano, a ambos lados de la mesa, aparecen dos hombres: uno muestra un fajo de billetes y otro el documento que certifica el préstamo. Detrás podemos ver a la familia beneficiaria. En estos años la fotografía tiene un valor casi notarial, esta imagen de Vieitez documenta y da fe de la entrega del dinero.

En esta fotografía aparece Julito vestido con sus mejores ropas y posando con sus juguetes. El niño aparece serio, pues en estos momentos retratarse era un momento importante y solemne, un lujo reservado para fechas señaladas.
Julito se crió con sus abuelos porque sus padres habían emigrado a Venezuela. Por eso, cada cierto tiempo, la familia encargaba un retrato del niño. Virxilio hacía varias copias, una se la quedaban los abuelos y otra se enviaba a sus padres para vieran que estaba bien cuidado. En la exposición, una de las vitrinas muestra el álbum de Julito con varias fotografías originales de época.

En la década de los 60, casi la mitad de la población gallega había emigrado, la mayoría de ellos hacia Latinoamérica. Muchas de las fotografías que Vieitez realizaba eran retratos que la gente enviaba a sus familiares emigrados que, en ocasiones, eran también los que costeaban estas imágenes. El propio Virxilio decía América estaba inundada de fotografías mías en esa época. Este uso nos habla de la importancia de la fotografía como medio de comunicación en este momento.

En esta fotografía Virxilio ha retratado a la señora Dorotea del Cará posando con su nueva radio. Contrasta la novedad del electrodoméstico en ese contexto rural en el que las calles están sin asfaltar. Esta mujer reunió el dinero necesario para que Antonio, uno de sus seis hijos, emigrara a Venezuela. El primer envío del hijo fue para devolver el dinero del pasaje y, según decía en la carta, con lo que sobrara, Dorotea debía comprarse una radio que le hiciese compañía. Para demostrar que había seguido sus indicaciones, encargó a Virxilio este retrato que envió a su hijo. La fotografía fue a menudo el medio de comunicación más común entre el emigrado y sus familias. Esta imagen constituye uno de los muchos ejemplos de cómo el continuo envío de divisas por parte de los emigrantes contribuyó a la modernización y al crecimiento de la economía gallega.

En esta fotografía aparecen retratados una madre con su hijo, posando junto a un Chevrolet con matrícula de Panamá. Delante de ellos, hay un perro que está colocado en un escorzo que crea profundidad a la manera clásica (p. ej. como en las Meninas de Velázquez). En las fotografías de Virxilio hay una presencia recurrente de los medios de locomoción: turismos, motocicletas e incluso algún camión, acompañan a los retratados como signo de modernidad y progreso. Estos coches grandes y lujosos, casi siempre americanos, que tenían los gallegos y asturianos de aquella época, se conocían popularmente como haigas. Al parecer, se les llamaba así porque cuando los emigrantes llegaban al concesionario pedían “el coche más grande que haiga”. En muchos de los retratos de Vietez observamos como los modelos posan frente a automóviles que no les pertenecen. Estos haigas eran un símbolo de estatus, en cambio, apenas hay retratos en los que aparezca maquinaria agrícola.

Esta fotografía fue elegida por Cartier Bresson, uno de los padres del oficio de fotoperiodista, como una de sus fotografías preferidas.





martes, 12 de febrero de 2013

El Legado Casa de Alba



Ya desde joven tenía yo una especial simpatía por la Duquesa de Alba. Por aquel entonces era la benefactora del colegio en el que yo estudiaba. Y no se trataba tan solo de una mención en los documentos del Colegio. Al menos una vez al año veíamos a la Duquesa en persona venir a visitarnos. Uno de los años incluso presidió la entrega de Diplomas. Por casualidad uno de ellos fue para mí y desde entonces conservo con orgullo la foto en la que aparezco recibiéndolo junto con Doña Cayetana.

Será fácil de entender mi interés por visitar esta exposición en la que por primera vez se permite el acceso público a una selección de las obras mas representativas de la Fundación Casa de Alba. De entrada he de decir que la exposición no me ha defraudado sino todo lo contrario, me ha sorprendido la enorme riqueza artística atesorada por la Casa de Alba a lo largo de los siglos. Entre las piezas expuestas destaca el espectacular muestrario de genios de la pintura de la herencia artística del Palacio de Liria, residencia de la familia en Madrid. Se pueden ver obras de Tiziano, Murillo, Ingres, Renoir, Rubens, Ribera, Zurbarán y Zuloaga, entre otros. 

La obra más emblemática y reconocible por el público es La duquesa de Alba de blanco, pintada por Francisco de Goya en 1795 con una técnica segura, primorosa y delicada. La representación lograda por este retrato se centra en la captación de la nobleza y linaje de la dama. El protagonismo indudable del retrato de Goya solo tiene un rival en la exposición. Se trata de la tabla de Fra Angélico, La Virgen de la granada. La calidad, buen estado de conservación y singularidad dentro de la producción de este artista la convierten en una obra maestra de la pintura mundial que la Fundación Casa de Alba expone por primera vez.

Esta gran exposición es la mas importante realizada hasta ahora en el edificio denominado CentroCentro que ocupa el antiguo Palacio de Comunicaciones en la Plaza de la Cibeles de Madrid. Se ha organizado siguiendo tres apartados. En el primero se hace un recorrido por el papel de la Casa de Alba en la historia. Se exponen entre otros objetos, documentos capitales como la colección de cartas autógrafas de Cristóbal Colón que posee la Casa de Alba, la más importante y extensa del mundo. Podemos ver el rol de marineros del primer viaje, que incluye a los hermanos Pinzón y un dibujo realizado por el propio Colón de la silueta de la isla La Española, primera tierra americana descubierta.

El segundo capítulo de la exposición nos acerca al papel de la familia como mecenas y es donde se concentra la mayoría de la obra pictórica expuesta. De entre todas las obras presentadas me han llamado la atención por su originalidad  un par de cuadros de José de Ribera que, en mi ignorancia, solo conocía en su faceta tenebrista. Sin embargo estos dos cuadros titulados Paisaje con fortín y Paisaje con pastores, obras singulares, demuestran la insólita destreza tanto compositiva como pictórica del pintor en el genero paisajístico.
  
Por último, la tercera parte, nos acerca al papel social de la familia a lo largo de los siglos por medio de objetos personales y familiares. Un aspecto nada desdeñable teniendo en cuenta el peso que la Casa de Alba mantiene en las relaciones de sociales y culturales a día de hoy, y por la que es popularmente conocida.

Se puede obtener mas información sobre esta magnífica exposición en su sitio web. También son interesantes este vídeo y el reportaje publicado por El País con motivo de esta exhibición. 

domingo, 20 de enero de 2013

Imogen Cunningham


Imogen Cunningham (1883-1976) optó a temprana edad por ser fotógrafa y trabajar fuera de casa: dos elecciones inusuales para una mujer de su generación. Conocida por su versatilidad a la hora de elegir los temas y por su capacidad para encontrar la belleza en las cosas comunes, Cunningham fotografió la vida que la rodeaba: a su familia, la naturaleza, bodegones, escenas callejeras y desnudos, y hasta su muerte a la edad de noventa y tres años mantuvo una infatigable labor experimental y ejerció su profesión de retratista.

La Fundación Mapfre presenta en Madrid una exposición que recorre las siete décadas de la dilatada trayectoria de Imogen Cunningham. Es la muestra más completa realizada hasta la fecha sobre esta artista visionaria que participó en la formación del movimiento moderno en fotografía. Arrojando una nueva mirada sobre el conjunto de su obra, permite conocer los diversos temas que captaron su atención y las distintas formas en que tomaron cuerpo en sus creaciones: inesperadas abstracciones de la luz, sombras y formas de la figura humana, "fotografías robadas" de la vida en la ciudad, revelaciones de la plasticidad de flores y plantas... Todo ello dominado por una visión cuyo foco es la belleza.

Nude, 1939
Nacida en una granja de Pórtland, Oregón, se inició en el positivado de sus fotografías en una leñera reconvertida por su padre en cuarto oscuro. Tras licenciarse en ciencias químicas, recibió una beca para estudiar en Dresde, lo que alimentó su sed de experimentación e impulsó su desarrollo de un estilo propio que, tras sus inicios en el pictorialismo bajo la influencia de Gertrude Käsebier, se acercaría a los principios de la "nueva objetividad" con su presencia en 1932, junto Ansel Adams o Edward Weston, en el núcleo fundacional del grupo f/64. Para entonces, ya se había granjeado su primer reconocimiento internacional con su participación en la histórica exposición Film und Foto, celebrada en Stuttgart en 1929, donde sus imágenes de motivos vegetales y desnudos aparecían dominadas por la sensualidad de la mirada. Siendo ya una retratista consumada, fotografió a artistas plásticos, bailarines, escritores y músicos entre los que se encuentran destacadas figuras del pensamiento y la creación del siglo XX, como los fotógrafos Alfred Stieglitz, August Sander y Lisette Model, la bailarina y coreógrafa Martha Graham, el actor Cary Grant o la pintora Frida Kahlo.

La exposición reúne dos centenares de fotografías, entre ellas, imágenes inéditas o raramente expuestas. Provienen principalmente de su propio legado, el Imogen Cunningham Trust, y de varios museos como el Seattle Art Museum o la George Eastman House. Se articula,  siguiendo criterios temáticos, en cuatro bloques.

Retratos
Cary Grant, actor. 1932
A Imogen Cunningham se le reconoce haber desarrollado el estilo ambiental relajado en la creación de retratos. Sentía fascinación por lo que hace única a cada persona y por el hecho de que un mismo sujeto sea diferente en cada momento. Sus amigos, familiares y algunos artistas protagonizaron los mejores posados de su trayectoria. A lo largo de su vida fueron muchas las personas a las que fotografió en más de una ocasión, a veces con intervalos de varias décadas. En este sentido, a las personas de su entorno más próximo se sumaron más tarde el pintor Morris Graves, la campeona de esgrima Helene Mayer, la modelo Phoenix o la artista Ruth Asawa. Entre 1933 y 1936 retrató para la revista Vanity Fair a estrellas de Hollywood como Cary Grant y a personalidades políticas como el expresidente Herbert Hoover. Sus retratos de la artista Frida Kahlo se cuentan entre los más difundidos por todo el mundo.

En los últimos años de su vida, Cunningham se embarcó en una excepcional serie de fotografías de ancianos que se materializó en la monografía póstuma After Ninety. En el prólogo del libro, la fotógrafa Margaretta Mitchell describe el elixir de Imogen: "La propia Imogen, a los noventa años, vino a ser un símbolo vivo de juventud en la vejez: seguía haciendo retratos, positivaba casi todas las mañanas y se mantenía informada de lo último de otros fotógrafos, cercanos o distantes. Su trabajo no estaba sólo en la producción de imágenes; estaba también en las personas".

Flores, paisajes, bodegones
Fuese cual fuese el tema, Imogen Cunningham prefería trabajar al aire libre y valerse de la luz natural. Con fotografía o sin ella, sus jardines eran la prolongación de su universo imaginario, y su afición a la botánica le llevó a utilizar con frecuencia los nombres científicos de las plantas para titular sus fotografías. El clima de la Bay Area le brindaba, además, un amplio abanico de temas vegetales. Cactus y jardín de suculentas fue tomada en su casa de Harbor View, en Oakland, antes de 1946 y El jardín de Imogen, de 1971, nos da una idea de cómo y dónde trabajaba.

Magnolia Blossom. 1925
La captación de los motivos florales reduciendo la naturaleza a sus formas y estructuras simples e intensificando la atención al detalle supuso en Cunningham la aparición de su visión claramente moderna; fue su serie "Pflanzenformen" la que le granjeó un primer reconocimiento internacional en la exposición Film und Foto de la Werkbund de Stuttgart, en 1929.

En sus bodegones, junto a los numerosos útiles de cocina, encontramos a menudo muñecas o partes de ellas. Se trata de las muñecas alemanas que compró en su primer viaje a Europa, realizado en 1909-1910, inicialmente utilizadas como elementos de atrezo para sus retratos infantiles y más tarde integradas en algunas de sus composiciones, incluso en sus últimos años en exposiciones múltiples de carácter surreal.

El cuerpo y la danza
El cuerpo humano estuvo presente en la producción de Imogen Cunningham desde sus inicios y continuó siendo un tema esencial a lo largo de los setenta años de su trayectoria. En un gesto excepcional para la época, se fotografió desnuda, tumbada en un campo de dientes de león bordeado de árboles, en su Autorretrato de 1906. Su hermana Paula posó para sus retratos de desnudo, y amigos artistas como John Butler o su marido, Roi Partridge, fueron los primeros modelos para sus audaces desnudos masculinos. Su iconográfica fotografía de 1928 Triángulos, de marcado carácter atemporal, ejemplifica los rasgos únicos que impregnan de modernidad su obra: los detalles escultóricos del cuerpo y las formas sensuales anónimas definidas por la iluminación y la composición.

Three Dancers, Mills College. 1929
A la época en que empezó a fotografiar bailarines, cuando su marido impartía clases en el Mills College de Oakland, pertenecen Bailarinas de Adolph Bolm, de 1921, tomada en el parque del Palace of Fine Arts de San Francisco, y Tres bailarinas, Mills College, de 1929. Del recurso en este tipo de fotografías a la técnica experimental de exposición múltiple son ejemplos las imágenes José Limón en Mills College, de 1939, o las dedicadas a Merce Cunningham en la década de 1950. En 1931 Cunningham captó noventa imágenes de la nueva estrella de la danza moderna, Martha Graham: una toma espectacular tras otra en una serie que fue determinante para el inicio de la colaboración de la fotógrafa con Vanity Fair.

Vida y arquitectura urbanas
La adquisición de una cámara Rolleiflex y su primer encuentro con Lisette Model en 1946 despertaron en Imogen Cunningham el interés por la fotografía de calle. A la edad de setenta y tres años, durante una estancia en Nueva York, se lanzó a observar la ciudad a través del visor de su cámara. La imagen Día de verano, Nueva York, de 1956, es una de las fotografías que realizó en este viaje, y se muestra en la exposición por primera vez al público.

Tea at Fosters, 1940
Ya fuera con un enfoque documental -como en Vendedor de periódicos, de 1939- o en composiciones de signo surrealista -como The Box, de 1968-, su atracción por la expresividad de los rostros y los gestos se convirtió en un componente natural de su fotografía de calle. Así mismo, impulsada por su visión crítica del urbanismo y por su fascinación por la forma, Cunningham se centró con frecuencia en motivos arquitectónicos. En sus paseos, creó composiciones con encuadres muy recortados o formas contrastadas de luces y sombras, como Deconstrucción urbana, Nueva York, de 1956. La modernidad de su mirada resulta especialmente evidente en las fotografías de la fábrica Shredded Wheat que tomó en 1928. Por su parte, Escalera y escalera en Merrie's, de 1959, es un buen ejemplo de su trabajo experimental, inteligente y no exento de humor, en la producción de copias que combinan dos negativos.








viernes, 18 de enero de 2013

Una niña contra la banca


A nadie le resultará extraño la nefasta opinión que sobre los bancos tienen la mayoría de nuestros conciudadanos. Podríamos decir que para nuestra sociedad son los “malos de la película” que estamos viviendo. Son multitud y multitud las protestas y manifestaciones de todo tipo que en los últimos meses se han dado en contra de las entidades financieras.

Ayer, siguiendo una de tantas noticias sobre este tema descubrí que la mala imagen de los bancos no es exclusiva de nuestra sociedad española. En un lugar tan lejano de nosotros como Canadá nos encontramos con ideas muy similares a las nuestras. En el ejemplo que he encontrado llama la atención la originalidad con la que se produce la denuncia. Victoria Grant, una niña de 12 años  pronunció, hace más o menos ocho meses, un discurso en el Public Banking Institute de Filadelfia, del que se han hecho eco medios  tan prestigiosos como el Financial Post, Forbes o el Huffington Post.

Su discurso, que apenas dura 6 minutos, es vibrante, claro y cargado de unos argumentos  lógicos que resulta difícil admitir como propios de una chica tan joven. Independientemente de pueda haber sido “ayudada” por sus padres o profesores la denuncia es clara y esta bien expresada. Entre las muchas acusaciones incluidas en la alocución destacan:

"¿Se han preguntado alguna vez por qué los banqueros de las entidades más importantes se están haciendo más ricos mientras que el resto de nosotros no? Estamos siendo timados y robados por el sistema bancario y un Gobierno cómplice”
“Las entidades financieras prestan un dinero que realmente no tienen. Ellos aprietan un botón en el ordenador y generan un dinero falso en el aire. Ellos no tienen realmente nada en sus cámaras. He descubierto que los bancos y el Gobierno se han confabulado para esclavizar financieramente a la gente de Canadá”.


La clave del análisis de Victoria es que los bancos perjudican a los gobiernos tanto como a los clientes, y ya que los clientes también pagan impuestos para cubrir el servicio de la deuda nacional, los bancos les están perjudicando dos veces. Finaliza su breve discurso pidiendo actuar: “un pequeño grupo de personas puede cambiar el mundo. Nunca hay que dudar que un pequeño grupo de personas puede cambiar el mundo“.

viernes, 4 de enero de 2013

Goya y el Infante Don Luis



Hacia bastante tiempo que no iba a ninguna exposición en el Palacio Real. En anteriores ocasiones lo que había vista no me pareció muy relevante. Precisamente por eso las expectativas despertadas por esta nueva propuesta no eran muy altas. Y por eso, lo encontrado me ha sorprendido. Se trata de una exposición magnifica. Con un tema original, poco conocido. Y muy bien tratado. Se ha logrado reunir una espléndida colección de obras de arte, objetos y documentos que ilustran perfectamente el momento histórico y los personajes que giraron alrededor del Infante Don Luis.

Don Luis era el quinto hijo varón de Felipe V y por tanto hermano menor de Carlos III. Teniendo en cuenta su situación en la linea sucesoria, parecía prácticamente imposible que alcanzara el trono. Por ello fue destinado a la carrera eclesiástica, pero una serie de circunstancias le colocaron mucho mas cerca de la sucesión de su padre: –la muerte sin descendencia de dos de los cuatro hermanastros y hermanos que le precedían y el hecho de que los hijos de Carlos III no hubiesen nacido ni se hubiesen educado en España, cómo prevenía que debieran hacerlo la Ley Sálica– y su renuncia a la carrera eclesiástica aumentaron sus posibilidades para ser el sucesor al trono.



La inquietud de la corte solamente se calmó cuando Don Luis fue obligado a contraer un desigual matrimonio morganático con doña María Teresa de Vallabriga que anuló sus aspiraciones y derechos. Por ello su biografía está impregnada de ambiciosas conspiraciones para apartarle de la sucesión Entre ellas encontramos las maniobras que le llevaron a un lujosos destierro en el Palacio de la Mosquera, situado en Arenas de San Pedro, donde estableció una especie de “pequeña corte”, en la que ejerció sus actividades de fomento de la cultura  que le convirtieron en uno de los mecenas más importantes de la historia del Arte en España. Fue así impulsor fundamental de la ciencia y de la cultura en la Ilustración española de la segunda mitad del XVIII. Su mayor exponente fue, sin duda, Goya.

En 1783 Goya pasó un mes en el palacio de Arenas de San Pedro.  Esta estancia se repitió en el verano de 1784. La relación con la familia fue muy fructífera, no solo por el célebre retrato titulado La familia del Infante Don Luis, sino por una secuencia de retratos individuales de todos sus miembros. El conjunto superó la quincena y fue crucial para la carrera artística de Goya que se destapó clamorosamente durante la década de 1780.

La exposición, que presenta 300 piezas, entre ellas 17 obras de Goya, completa ese conjunto goyesco con la obra de otros pintores que también formaron parte de este círculo cortesano: Luis Paret, Mariano Salvador Maella, Francisco Bayeu, LuisMeléndez, Mengs y Tiépolo.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Encuentro con los años 30


Desde el pasado 1 de octubre el Museo Reina Sofría presenta una de las exposiciones más importantes de la temporada. Bajo el título "Encuentros con los años 30" la muestra tiene como finalidad la conmemoración del 75º aniversario de la realización de la emblemática obra Guernica (1937), por parte de Pablo Picasso, que constituye una de las mas importantes joyas de la Colección permanente del Museo.

La década de los 30 tuvo el negativo antecedente inmediato del crack de Wall Street en 1929. Y continuó con males mayores como la Guerra Civil en España, el ascenso del nazismo, la pujanza de la Unión Soviética y el principio de la Segunda Guerra Mundial. En unos casos los artistas colaboraron con los Estados desde la propaganda o la nueva "pedagogía" dirigida a las masas, o bien tomaron caminos hacia la crítica del poder y los acontecimientos que se iban sucediendo. En este entorno, los artistas también lucharon contra sus propios fantasmas utilizando un nuevo concepto de la abstracción, el surrealismo o el realismo y nuevos medios de expresión como la fotografía, el cine, los carteles o las revistas. En la la exposición se pone de manifiesto que los años 30 no fueron una etapa menor en la historia del arte, sino una década de intensidad artística extraordinaria especialmente en España. Al mismo tiempo se sucedieron numerosas exposiciones internacionales en las que los Estados intentaban mostrar su desarrollo, sus logros o la construcción de nuevos conceptos de sociedad en proyectos en los que colaboraron muchos artistas.



La exposición plantea que la producción artística de esta época -marcada tanto por un creciente clima de violencia política como por la aparición de importantes innovaciones tecnológicas, especialmente en el ámbito de la comunicación y de los transportes- no sólo debe concebirse como una extensión inercial de las vanguardias de las dos décadas anteriores y/o en su relación, especialmente conflictiva, con las narrativas propagandísticas, sino también como un momento en el que se cuestiona y reformula la modernidad en el que comenzaron a generarse ideas y objetos que desafiaban los límites entre disciplinas, medios y naciones.

Pablo Picasso. El Rescate (1932)
La década de los 30 del siglo XX se presenta en la muestra como un periodo turbulento en el que el arte y el poder se aliaron y confrontaron y que, a muchos niveles, resulta clave para entender nuestro propio presente. La exposición se compone de más de cuatrocientas obras, que ocupan una superficie de 2.000 m2  en dos plantas del Museo, y proceden de prestigiosas instituciones de todo el mundo, tanto españolas (IVAM, Museo Nacional de Arte de Cataluña, Filmoteca Nacional y de Cataluña, Fundació Gala Salvador Dalí, Residencia de Estudiantes, fondos del Museo Reina Sofía…); como extranjeras (Centro Georges Pompidou, Museo Pushkin de Moscú, MoMA, Salomon R. Guggenheim de Nueva York, National Gallery de Washington, Museo de Filadelfia, Metropolitan Museum de Nueva York, The Wolfsonian-IFA, International Center of Photography de Nueva York, Nationalgalerie de Berlín…). 

Max Beckmann. Sociedad parisina. (1931)
Abordando la noción de encuentro desde una óptica temática, la exposición analiza el papel que en la creación artística de los años treinta desempeñaron los desplazamientos simbólicos y geográficos que, de forma voluntaria o forzada, realizaron los artistas de la época. Tratando de mostrar cómo a partir de dichos desplazamientos se empezaron a repensar los postulados estéticos heredados de las vanguardias y a desarrollar estrategias discursivas y narrativas que han perdurado hasta la actualidad. A su vez, la muestra propone una reflexión crítica en torno al uso que estos artistas hicieron de los medios de comunicación de masas y explora las tensiones y relaciones que mantuvieron con los contextos -políticos, culturales, institucionales- en los que trabajaron.

Paul Delvaux. Mujer ante el espejo. (1936)
Encuentros con los años 30  se ha estructurado en seis secciones: realismos; abstracción; exposiciones internacionales; surrealismo; fotografía, cine y carteles; España: Segunda República, Guerra Civil y exilio. En cada una de ellas se plasman las principales preocupaciones y problemáticas que marcaron la década desde el punto de vista político, estético y cultural. Se pretende presentar este convulso y apasionante período, no sólo desde las narrativas propagandísticas, sino también desde la manera en la que los artistas tuvieron que trazar su propio camino en un ambiente de creciente violencia. Y sin dejar de abordar la influencia de la coyuntura política ni eludir las rivalidades que se plantearon entre (y dentro de) los principales "ismos" artísticos de la época, se da prioridad a las conexiones entre artistas y a los momentos de fractura y eclecticismo estilístico, poniendo de relieve la diversidad, audacia y complejidad del arte que se hizo en aquella década.

En la muestra se encuentran obras de algunos de los artistas más importantes del siglo XX: Pablo Picasso, Joan Miró, Yves Tanguy, Moholy-Nagy, Man Ray, Max Beckmann, Robert Delaunay, André Masson, Piet Mondrian, Wassily Kandinsky, Luis Buñuel, Joaquín Torres-García o Mario Sironi, entre otros muchos. Por otra parte, es una ocasión única para ver varias piezas que por primera vez visitan España. 


Joan Miró. La estrella fugaz (1938)


viernes, 9 de noviembre de 2012

La isla del Tesoro



Todos estamos familiarizados con este título. Al menos en mi época de juventud se encontraba entre los “clásicos” que leíamos durante la adolescencia. Por otra parte, la obra de Robert Louis Stevenson ha sido llevada repetidamente al cine y la televisión aunque, al menos en mi opinión, la mejor de todas las adaptaciones sigue siendo la dirigida por Victor Fleming en 1934. Por ello me ha resultado sorprendente conocer que en la Fundación March hay una exposición bajo este título que no tiene nada que ver con aventuras de piratas.

En realidad se trata de una ambiciosa muestra sobre arte británico que pretende llenar las lagunas que sobre el mismo tenemos en nuestro entorno. En esta situación, fácilmente reconocemos las influencias y logros  artísticos italianos o franceses que, como mínimo, consideramos más relevantes que los procedentes de la Gran Bretaña. Con el fin de corregir esta realidad, la aspiración de los promotores de esta exposición es aumentar el conocimiento del público español sobre la historia de las artes plásticas en el Reino Unido durante los últimos cinco siglos.

Para ello se han reunido obras provenientes de unos 80 prestadores, fundamentalmente británicos, pero que incluyen también museos y coleccionistas privados de Portugal, Suiza, Estados Unidos, Alemania y España. Gracias a este esfuerzo es posible hacerse una idea de la extraordinaria dimensión y la vitalidad que conocieron las diversas manifestaciones artísticas en Gran Bretaña a partir de la iconoclastía introducida por la Reforma protestante del siglo XVI y hasta el siglo XX. Descubrimos así una vigorosa tradición visual que hasta ahora no había sido fácil para nosotros conocer en toda su variedad y amplitud.

Y ya resulta comprensible la razón del titulo de la exposición. La isla (Gran Bretaña) no está explorada del todo por nuestra parte. Y tiene un tesoro -el de su arte- que, como casi todos los tesoros, está aún medio oculto, por descubrir. Para ello se ofrece una panorámica de esa tradición, frecuentemente desconocida, de más de cinco siglos. La exposición presenta artistas británicos famosos y otros menos conocidos, nativos e importados, organizándolos en siete secciones que dibujan una serie de aspectos del arte británico durante cada época.


1  Destrucción y Reforma 1520-1620

Hans Holbein. Sir Thomas Wyatt
Enrique VIII es un importante benefactor de las artes y la enseñanza, así como compositor y poeta por mérito propio. El ilustrado mecenazgo que dispensa al pintor alemán Hans Holbein coincide con su ruptura con Roma, que le permitirá divorciarse de su esposa  española, Catalina de Aragón, y casarse con Ana Bolena. Para trabajar junto a Holbein llegan a Inglaterra otros destacados artistas europeos, entre ellos el florentino Pietro Torrigiano, contemporáneo de Miguel Ángel en la Academia Lorenzo de Medici. Hasta principios del siglo XVIII en el ámbito de las artes plásticas británicas predominarán los artistas extranjeros.

En deuda directa con las miniaturas de Holbein y con su sutil estilo pictórico están los grandes miniaturistas isabelinos y jacobinos Nicholas Hilliard e Isaac Oliver. Las diminutas imágenes, pintadas sobre vitela pegada en fragmentos de barajas de cartas, se montaban normalmente dentro de preciosos relicarios y servían para el lucimiento de unos pocos elegidos que los llevaban a modo de joya.

La figura principal de la pintura isabelina tardía es Marcus Gheeraerts II, miembro de una dinastía de artistas de Brujas llegados a Inglaterra en la década de 1560 como refugiados religiosos. Gheeraerts fue probablemente el primer pintor que trabajó sobre lienzo en Inglaterra; hasta ese momento los artistas pintaban sobre tablas de madera.

William Larkin. Lady Thorhagh
Las pinturas al óleo y las miniaturas se creaban para una élite. En Inglaterra, tras la Reforma, la mayoría de la gente tenía acceso a la imaginería iconográfica a través de toscas pinturas murales en casas y hosterías o de obras impresas, que representaban temas religiosos, morales o tradicionales. Prácticamente todas las imágenes estaban vinculadas a un texto, sobre todo a las palabras de la Biblia. Las que disfrutaban de mayor difusión eran los grabados en madera de Actas y monumentos (1563) de John Foxe, también conocido como El libro de los mártires. Estas imágenes, a menudo truculentas, pretendían reafirmar la solidez protestante en una época de gran tensión religiosa, y se guardaron en la mayoría de las iglesias hasta el siglo XIX.

2        La Revolución y el Barroco 1620 – 1720

Bajo el reinado de Carlos I se produce un resurgimiento del mecenazgo regio.
La figura clave es Anthony van Dyck, pintor nacido en Amberes que se afinca en Londres en 1632. Van Dyck lleva a Inglaterra un sofisticado estilo pictórico que muestra el impacto de la pintura de Tiziano. Los retratos de tonos plateados que realiza Van Dick del rey y la reina y de otras figuras destacas de la sociedad inglesa traen a la memoria un mundo brillante pero cerrado,que se aísla peligrosamente de amplios sectores de la sociedad,.

Cuando estalla la guerra civil en 1642, Carlos traslada su corte a Oxford. La otra ciudad universitaria importante, Cambridge, se convierte en un baluarte para los poderes parlamentarios. Durante este periodo de exilio surge un gran artista londinense, el pintor William Dobson. Sus retratos muestran la influencia de Van Dyck en la pincelada segura y resuelta, pero además poseen una calidad propia mas rotunda. Mientras Dobson pinta a los partidarios de Carlos, en 1643 el iconoclasta William Dowsing recibe el encargo del Parlamento de retirar las imágenes prohibidas de las iglesias de los condados del este del país.

James Thorhill.
St. Paul preaching at Athens
En el caos de la década de 1640 surge el retratista Peter Lely. Durante el gobierno republicano pinta al lord protector Oliver Cromwell y, tras la restauración de la monarquía en 1660, domina el mundo del retrato hasta su muerte en 1680. Sus imágenes de las exquisitas bellezas femeninas de la corte de Carlos II evocan un mundo de placer -para muchos un mundo de libertinaje y corrupción-. Su sucesor como retratista principal, el alemán Godfrey Kneller, introduce un estilo mas sobrio y sencillo con el que no sólo deja constancia de aristócratas, sino también de prominentes escritores, artistas, científicos y otras figuras públicas.

Hacia finales del siglo XVII se aprecian los primeros signos de un mundo artístico comercial, y con él la diversificación de estilos artísticos. Los paisajes de Jan Siberechts ofrecen una imagen detallada de una nación con una economía floreciente y una creciente confianza política y militar. Esta confianza también queda plasmada en los grandes proyectos decorativos que se encargan para dos de los edificios barrocos de Christopher Wren: la catedral de San Pablo y el Royal Naval Hospital, ambos llevados a cabo por un inglés, James Thornhill.

3.       Sociedad y Sátira 1720 - 1800

William Hogart.  La carrera de la prostituta
Las famosas series de William Hogarth de la década de 1730 y 1740 lo han convertido en uno de los artistas británicos más importantes. Su serie La carrera de la prostituta de 1732-33 estableció un modelo de arte narrativo que despertaba el entusiasmo del público por toda Europa.  La obra de Hogarth, marcadamente revolucionaría, era a la vez plenamente consciente de la moda, y estaba muy influida por el gusto por los conversation pieces (retratos de grupo) franceses e italianos, así como por la vida que le rodeaba en Londres. Su obra se exponía junto a la de amigos como Francis Hayman en lugares como los Vauxhall Gardens, y el Foundling Hospital para huérfanos. Estos enclaves fueron las primeras galerías de arte públicas en Gran Bretaña. El legado de Hogarth se puede apreciar, más avanzado del siglo, en la sátira social del caricaturista Thomas Rowlandson o en la sátira política del dibujante James Gillray. 

Arthur Devis. Mr. and Mrs. Hill
A mediados del siglo XVIII, en Gran Bretaña se origina una creciente demanda de reconocimiento profesional pleno por parte de los artistas. La ley de Hogarth de 1734 hace posible un control mayor sobre la reproducción de las obras. En 1768 se produce  la fundación de la Royal Academy of Arts que, dirigida por Joshua Reynolds, proporcionaba a los artistas un estatus, un espacio expositivo de prestigio e instalaciones dedicadas a la formación. Reynolds, muy influido por las ideas estéticas y morales de la obra “Características de los hombres, maneras, opiniones” del tercer conde de Shaftebury, aportó al arte británico una nueva base filosófica.

La demanda de retratos empieza a ser mucho mayor y a finales de siglo el paisaje se configura también como un género más importante que los temas históricos. Algunos artistas como Thomas Gainsborough y Thomas Lawrence exigían precios muy altos por sus obras. El epicentro de este comercio es Londres, de modo que artistas de otros lugares de Gran Bretaña -es el caso del pintor escocés AllanRamsay- se ven obligados a trabajar allí para ejercer su profesión.

4  Paisajes de la Mente  1760 - 1850

En sus inicios el desarrollo del arte paisajístico británico estaba muy influido por el gusto aristocrático por la obra clásica del pintor francés del siglo XVII Claude Lorrain. En la década de 1750 el artista galés Richard Wilson viaja a Italia para estudiar la región de la Campagna, cerca de Roma; a su regreso a Gran Bretaña, comienza a pintar lienzos al estilo de Lorrain.

John Martin. Joshua commanding the Sun
A finales del siglo XVIII, adquieren popularidad nuevos estilos de paisaje. En 1757  Edmund Burke publica su ensayo “Indagación filosófica”, donde esboza una distinción entre "lo bello" y "lo sublime", atribuyendo a lo último una experiencia del poder de la naturaleza que sobrecoge al espectador. Estas ideas influyen en artistas como Turner y John Martin, mientras que otros se inclinan hacia el paisaje popular "pintoresco", que trae a Gran Bretaña a un número creciente de turistas. Las últimas pinturas de paisajes de Thomas Gainsborough pueden calificarse de "pintorescas", así como las del artista romántico Samuel Palmer, que otorga a sus escenas pastoriles una profunda espiritualidad.

El arte de finales del siglo XVIII manifiesta una fuerte inclinación científica. Los famosos cuadros de caballos de George Stubbs están basados en las disecciones equinas para su estudio La anatomía del caballo. Muy interesante, por anticipador, es el caso de Joseph Wright of Derby, uno de los pocos pintores que crean imágenes de la Revolución Industrial y de los avances científicos de la época.

Quienes se oponen a la Royal Academy y al gusto establecido, a menudo están comprometidos con la idea de la pintura de historia y pretenden que las exposiciones se lleven a cabo en edificios públicos. El radical más locuaz es el artista escocés y republicano James Barry, expulsado de la Academia durante las guerras napoleónicas.

WilliamBlake, defensor de Barry, apoya opiniones similares, aunque, como evidencian sus abundantes imágenes bíblicas, parecía más interesado en asuntos espirituales. En el caso de Henry Fuseli encontramos a un erudito artista extranjero que se autoproclama republicano en política pero conservador en el arte. Al igual que Barry y muchos otros artistas, Fuseli realiza una serie de cuadros de gran tamaño para la Shakespeare Gallery de John Boydell en Pall Mall, que se hicieron muy populares a través de estampas.

5  Realismo y Reacción 1850 - 1900

La era victoriana presencia un enorme crecimiento de las instituciones artísticas. Se inauguran la National Gallery, el Victoria and Albert Museum y la Tate Gallery, Junto con las escuelas de arte y diseño que también se abren por todo el país, los nuevos museos y galerías asumen la misión de mejorar el gusto de la nación, y con ello, eso se esperaba, su moralidad y su productividad económica. Gran parte del arte del siglo XX concuerda con la seriedad de estas ambiciones, desde la preocupación prerrafaelita por la "fidelidad a la naturaleza", pasando por las cruzadas de John Ruskin y William Morris para cambiar el arte y la sociedad, hasta el esteticismo extremo de Dante Gabriel Rossetti, James Abbott McNeill Whistler y otros más avanzado el siglo. Los efectos de la industrialización que empiezan a manifestarse de modo patente complican esta tarea y generan un debate abierto, a menudo de gran virulencia, sobre el papel del arte.

Dante Gabriel Rossetti. Proserpine
Los prerrafaelitas, liderados por Rossetti, John Everett Millais y William Holman Hunt, pretenden devolver al arte británico lo que ellos consideran el estilo más puro de arte medieval y dar a sus contenidos una nueva seriedad, de la que carecía, a su juicio, la obra de muchos contemporáneos. Muchos artistas secundaron sus inquietudes naturalistas, como John Brett en sus paisajes realizados con precisión fotográfica, o Atkinson Grimshaw en sus escenas urbanas e industriales. Las pinturas de Frederic Leighton y George Frederic Watts representan un importante estilo victoriano cuyas raíces se hallan en la pintura de historia del siglo XVIII, y alcanzan gran difusión gracias a las estampas y a las distintas revistas de arte que por entonces comienzan a publicarse.

El alejamiento de la ideología religiosa en favor de la científica y utilitaria a lo largo de la era victoriana anima mucho a artistas a adoptar una "religión del arte" evidente en la transición hacia el esteticismo, el simbolismo y, en el caso del efímero Aubrey Beardsley, hacia una exquisita y oscura decadencia. El americano Whistler fue el más brillante exponente de estas ideas, que plasma en diferentes escritos sobre arte, en los que desafía a quienes le criticaban por encontrar la belleza en la forma y el color, sin recurrir a constricciones narrativas y morales. Otro artista americano, John Singer Sargent es uno de los artistas que lleva las técnicas impresionistas a Gran Bretaña. A finales de siglo, el arte británico se halla, de un modo fascinante, en la cúspide de una nueva era.

6  Modernidad y Tradición 1900 - 1940

Uno de los seguidores de Whistler es el pintor anglo-danés Walter Richard Sickert. A finales del siglo XIX pasaba largas temporadas en París; más tarde se  instala en Londres, donde se convierte en la figura principal de un grupo de artistas llamado Camden Town Group. Pintan escenas cotidianas que reflejan la miseria que los rodea. Por su parte, los artistas del Grupo de Bloomsbury, como Duncan Grant, pintan su propio entorno de clase media y tratan de salvar las distancias que hay entre las bellas artes y el diseño de alfombras, mobiliario y otros objetos. Asimismo encontramos artistas fascinados por los aspectos industriales de la vida del siglo XX, que buscan el estilo adecuado para abordar estos temas. Spencer Gore, del Camden Town Goup, plasma en un estilo postimpresionista el ferrocarril de su lugar de residencia, la recién creada localidad de Letchworth. Los artistas vorticistas, encabezados por Lewis, elaboran la revista Blast, que despliega un agresivo ataque a la cultura británica muy en consonancia con su radical tipografía.

Ben Nicholson. Painting 1937
Durante la década posterior a la Primera Guerra Mundial el arte británico experimenta una lenta evolución hacia el modernismo internacional, sobre todo gracias a algunos artistas más jóvenes, como Ben Nicholson y Henry Moore. Al igual que artistas mayores, como Paul Nash, reaccionaban ante el arte europeo abstracto y surrealista, y se identifican con un movimiento cosmopolita que abarca la arquitectura de Walter Gropius y Le Corbusier asi como varias formas de ideología utópica. Sin embargo, muchos artistas mantienen su estilo figurativo: William Roberts y Edward Burra, de distinta manera, buscan una forma de arte vernáculo moderno relacionado con la vida social contemporáneo, al tiempo que Stanley Spencer, desde su Cookham natal, practica un descarnado estilo realista y crea su propio mundo imaginativo, en el que los humanos interactúan con seres espirituales.

En 1939, una vez más, la guerra irrumpe en la escena artística británica; de nuevo los artistas se alistan y a menudo se convierten en artistas de guerra. Las escenas de dirigentes militares y científicos que retrata Meredith Frampton poseen una intensidad surrealista que refleja las extraordinarias presiones que Gran Bretaña padeció durante la contienda.

7  Un Mundo Feliz 1945 - 1980

David Hockney. Portarit of Nick Wilder
Tras la Segunda Guerra Mundial, el arte británico evoluciona en múltiples direcciones. El sentimiento de ansiedad y fragmentación se refleja en las obras de Francis Bacon y Graham Sutherland. A comienzos de la década de 1950 el mundo se ilumina gracias al arte pop de Richard Hamilton y Eduardo Paolozzi, que utilizan   la publicidad, el cine y  otras manifestaciones de la cultura popular para crear estimulantes obras siempre inquisitivas y a menudo cínicas. Les siguen Peter Blake, David Hockney y Patrick Caulfield, que alcanzan gran popularidad en los años 60.

La pintura abstracta florece en St. Ives, población pesquera de Cornualles donde Peter Lanyon y otros artistas se inspiran en el mar y en el paisaje local. El arte más urbano y sofisticado del movimiento Op Art de Bridget Riley, y la escultura de acero pintada de Anthony Caro colocada en el suelo, proporcionan un aire democrático y novedoso en la sintonía del “Swinging London”.

El auge del arte conceptual a finales de la década de los 60 coincide con la aparición de brotes de política radical. Aunque los artistas, como Gilbert&George, Keith Arnatt, Ian Hamilton-Finlay y Richard Long,  no puedan ser adscritos a una tendencia política común, si comparten una nueva actitud hacia los materiales y las formas de usarlos ya que emplean fotografías, videos, palos, piedras y otros objetos que previamente se consideraban impropios del arte.

La llegada al poder de Margaret Thatcher en 1979 impacta no solo en los ámbitos políticos y económicos del Reino Unido sino también en lo cultural. La inmensa pieza de Tony Cragg llamada Gran Bretaña vista desde el norte, de 1981, elaborada con desechos plásticos, constituye una obra emblemática y en cierta forma profética de la transformación radical que se avecina.

Tony Cragg. Gran Bretaña vista desde el Norte