martes, 24 de febrero de 2015

El canto del cisne

Pierre-Auguste Renoir Les baigneuses (1918-1919)
Musée d'Orsay
Esta exposición, recientemente inaugurada en las salas de la Fundacion Mapfre de Madrid, presenta, a través de 84 obras maestras del Museo d'Orsay, una completa selección de la mejor pintura académica francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Partiendo de la tradición clásica, la pintura académica sentaba sus bases en la corrección estilística, el dominio del dibujo sobre el color, el equilibrio de las composiciones y la preeminencia de la pintura de los grandes temas (historia, religión, mitología) sobre el resto de los géneros.

A lo largo del siglo XIX, el Salón de París exponía de manera preferente las pinturas académicas, realizadas según los grandes géneros de la pintura tradicional: la historia, la mitología, la religión o el retrato. Todos ellos respondían a la norma del buen gusto artístico, dictado por la Academia de Bellas Artes de París, que sentaba sus bases en el estudio del desnudo, la corrección estilística, el dominio del dibujo sobre el color y el equilibro de las composiciones.

Los artistas académicos han sido vistos tradicionalmente como contrapeso del arte realista e impresionista, aquel que acabaría desembocando directamente en las vanguardias del siglo XX. Hoy podemos decir sin embargo, que pintores como Jean-Léon Gérôme, Alexandre Cabanel, o William Bouguereau trataron de modernizar la tradición académica desde dentro, haciendo evolucionar el género,  y dando nuevas respuestas a la sociedad burguesa entonces en irrefrenable progresión, dentro de un mundo,  también, en continua transformación y cambio.

Propuestas como El canto del cisne resultan una novedad en el panorama internacional; la exposición presenta por vez primera una selección de las grandes obras de los pintores académicos en los salones parisinos del siglo XIX, poniendo de manifiesto que este tipo de pintura, espléndida y refinada, heredera de la tradición, representa una de las páginas más brillantes de la historia del arte. El recorrido por la muestra ofrece una ordenación por géneros, similar a las consideraciones del propio Salón de París, lo que pone de relieve su ambivalencia: su capacidad de dialogar con la tradición y dar, a la vez, expresión artística a los cambios y tendencias de su tiempo.

La antigüedad viva

Jean Léon Gérôme. La pelea de gallos. 1846
Musée d'Orsay

Herederos de David y de Ingres, los artistas adscritos al Salón fijaron su mirada en el pasado como objeto de representación, añadiendo nuevos elementos que la modernidad les iba proporcionando. Así,  el ideal clásico sobrevivió en el imaginario artístico, pero carente de su contenido revolucionario y moral, pues los artistas encontraron en él un lugar desde el que proyectar preocupaciones de su vida cotidiana. 

La exaltación de la libertad en una obra como El manantial de Ingres evoluciona hacia escenas cotidianas de la Antigüedad, como La pelea de gallos. Gérôme muestra cómo los contenidos políticos o culturales desaparecen de la representación del pasado y, con ellos, uno de los principios fundamentales de la pintura de historia tal y como la habían entendido los pintores neoclásicos.

Un desnudo ideal

Alexandre Cabanel. Nacimiento de Venus. 1863.
Musée d'Orsay
A mediados del siglo XIX el desnudo seguía siendo considerado el ideal de belleza. Además de proclamar el ideal estético, el cuerpo es utilizado para narrar historias. El cuerpo voluptuoso y carnal de El manantial de Courbet, heredero de los de Rubens, se enfrenta a la superficie aporcelanada de los cuerpos de Cabanel en obras tan emblemáticas como el Nacimiento de Venus. 

En ambos, el cuerpo es el pretexto; su  ambigüedad se hace evidente a través de la provocación que sugieren, suscitando críticas entre los más conservadores así como un enorme éxito comercial.

Pasión por la historia

Hector Leroux. Herculano. 23 agosto 79. 1881
Musée d'Orsay
La pintura de historia era considerada el gran género. Abarcaba tanto las historias sacras como las mitológicas y profanas, tal y como se aprecia en los Romanos de la Decadencia de Thomas Couture, donde, casi como si de un manifiesto de este tipo de pintura se tratara, se dan cita casi todos los aspectos de este imaginario. 

La pintura de historia ofrecía una vía de escape a los repertorios auspiciados por la Academia, pues permitía representar escenas de carácter heroico o moralizante, pero también aquellas que destacaban aspectos cotidianos de Roma, de las leyendas medievales o del pasado más reciente de la propia Francia.

El indiscreto encanto de la burguesía

Carulus-Duran. Retrato marquesa de Anforti. 1875
Museée d'Orsay
El retrato adquirió gran popularidad en el París de mediados del siglo XIX, siendo practicado por todos los artistas académicos, a pesar de que la crítica lo considerara comercial y burgués. Durante el II Imperio la nobleza promovíó retratos fastuosos, que reavivaron el recuerdo de los retratos de aparato propios del Antiguo Régimen. 

Tras la Comuna de París, el gusto burgués aportó una mayor sobriedad a los retratos, entre los que encontramos a importantes figuras de la cultura francesa, como Proust o Victor Hugo, y en los que la psicología del personaje resulta fundamental.













Reinventando la pintura religiosa

Léon Bonnat. Job. 1880
Musée d'Orsay
La necesidad de generar un nuevo imaginario social promovió el acercamiento a la pintura de carácter espiritual y religioso. Los artistas se vieron obligados a reinventar un lenguaje que para muchos parecía haber quedado vacío de significado. 

La pintura académica dirigió su mirada hacia escenas del Antiguo Testamento, en las que el dolor y el drama se muestran atemperados por el refinamiento bizantino que muestra, por ejemplo, la Virgen de la consolación de Bouguereau, o el manierismo de Santa Cecilia muerta de Gautier. La renovación más espectacular viene de la mano de los modelos inspirados por la pintura barroca española, desarrollados por Henner y, sobre todo, Bonnat.



Orientalismos: del harén al desierto

Alexandre Cabanel. Tamar. 1875.
Musée d'Orsay
Herederos del romanticismo que sacudió el Salón durante la primera mitad del siglo, los artistas de la siguiente generación hicieron una reinterpretación del orientalismo. Desde la perspectiva de la Academia, ofrecieron una vía de escape a los visitantes del Salón, que cayeron rendidos ante los encantos que el imaginario del harén les ofrecía.La odalisca tumbada de Benjamin-Constant se ofrece al espectador con la misma provocación que la Venus de Cabanel, pero su exotismo la hace aún más irresistible. 

Durante el último tercio de siglo, una serie de pintores prefirieron buscar inspiración más allá de los estereotipos occidentales, y viajaron por España, África y Oriente Medio, ofreciendo una dimensión etnográfica visible en obras como El Sáhara, de Guillaumet o Los peregrinos yendo a La Meca de Belly. La imagen de Oriente perdurará en nuestro imaginario durante todo el siglo XX haciéndonos soñar con lugares lejanos y exóticos, atmósferas y colores apacibles en algunos casos, y contrastes sorprendentes en otros.

Paisajes soñados

Arnold Böcking. La caza de Diana. 1896.
Musée d'Orsay

El XIX es el siglo por excelencia del paisaje, sobre todo en el arte francés.  Después de haber sido considerado durante mucho tiempo soporte para otro tipo de temas, es ahora cuando adquiere relevancia y autonomía. El viaje a Italia, habitual en gran parte de los artistas, fomenta el gusto por este tipo de pintura que parte de la tradición establecida por Nicolás Poussin en el siglo XVII. 

El género adquirirá cada vez mayor libertad, sobre todo de la mano de Camille Corot, que basará sus escenas en recuerdos y sentimientos nostálgicos más que en reglas aprendidas en la Academia. Siguiendo su estela, encontraremos esas mismas evocaciones románticas en la Diana cazadora de Böcklin o en el simbolismo de Alphonse Osbert en sus Cantos de la noche.

El mito. La eternidad de lo humano en cuestión

William Bouguereau. Dante y Virgilio. 1850
Musée d'Orsay
Las escenas de carácter mitológico sirvieron a los artistas para plantear las eternas cuestiones sobre el origen y el destino del hombre, más allá de las apariencias pasajeras que el mito adopta a lo largo de la Historia. Así, por un lado, buscaron mitos que sus predecesores ignoraban, más sombríos y violentos, de herencia miguelangelesca y barroca como el Perseo de Joseph Blanc, pero también mitos paganos como Dante y Virgilio de Bouguereau. 

Por otro, privilegiaron el misterio inquietante y simbólico del mito, creando escenas más íntimas como vemos en Jasón de Gustave Moreau. En ambos casos, la pintura mitológica se hará eco de la angustia de un siglo XIX que se acaba, encontrando una excusa para poder representar la violencia, la melancolía y el desasosiego.




La transfiguración de la lección académica

Pierre Puvis de Chavanne. La esperanza. 1871-1872.
Musée d'Orsay

Con la llegada de la fotografía y del cinematógrafo, el intento de los artistas de fin de siglo por crear una pintura que fuera capaz de transmitir ideas y sueños, una pintura verosímil, dejó de tener sentido. Hacia 1914 la pintura de historia, el género por excelencia defendido por la Academia, cayó en desuso, pero no dejó de existir. 

Esta exposición pone de manifiesto como los propios artistas retaron las convenciones y el laborioso trabajo de ilusionismo impuesto por la tradición, tal y como muestran las obras de Puvis de Chavannes, Maurice Denis o Alphonse Osbert. Estos artistas expusieron de forma paralela en los Salones oficiales e independientes, formando una verdadera vanguardia alternativa al postimpresionismo, sin perder su condición de herederos de la gran tradición.

Hacia una nueva mirada

William Bouguereau. Les Oréades. 1902
Musée d'Orsay
Con Las oréades de Bouguereau y Las bañistas de Renoir como colofón, la exposición reflexiona sobre la historiografía del arte del siglo XIX. Este discurso destacaba la trayectoria de los artistas que conducían directamente a la vanguardia, dejando en el “olvido” a aquellos que no formaban parte de esta narración convencional; pero, sin éstos últimos, no podría entenderse buena parte del arte del siglo XX. 

Ambas obras, pese a su evidente distancia, pueden enseñarnos a mirar la historia del arte desde un ángulo y una perspectiva diferente. Ambas obras comparten el gusto por el desnudo al aire libre, que encuentra en la tradición de Tiziano y Rubens un lugar común. De una generación a otra, de una mirada a otra, la historia del arte siempre está por reescribir.





martes, 10 de febrero de 2015

Vagabundos del espacio


Seguramente muchas personas de cierta edad recordarán con simpatía y admiración la serie documental Cosmos del gran Carl Sagan. Pocas veces un programa televisivo de divulgación ha contado con tanto reconocimiento y éxito popular. Hoy me he acordado de Sagan y su programa al ver un maravilloso vídeo que creo inspirado en su pensamiento. En alguna ocasión el gran astrofísico  manifestó “Tal vez sea demasiado pronto. Quizá no ha llegado todavía el momento. Pero esos otros mundos, que prometen increíbles oportunidades, nos están lanzando ya sus señales de llamada”. Cuando los científicos están empezando a planear la llegada de seres humanos a Marte, un creador sueco, Erik Wernquist, ha intentado imaginar cómo sería la expansión de nuestra civilización por el sistema solar.

El resultado, titulado “Wanderers”,  da una impresionante visión sobre las posibilidades de la humanidad en el espacio. Aunque podamos tildar este cortometraje como especulativo, los efectos visuales de la película están basados ​​en las ideas y conceptos que los científicos manejan en la actualidad sobre cómo podría  ser nuestro futuro en el espacio. Todos los escenarios que aparecen en la película son recreaciones digitales de lugares reales en el sistema solar, construidos a partir de las fotos tomadas por satélites y sondas y los datos de los mapas obtenidos por estos ingenios. Aquellos interesados ​​en conocer más detalles de los distintos paisajes mostrados en el documental pueden satisfacer su curiosidad en este sitio.  

El título del vídeo toma su significado de la palabra "planeta". En griego antiguo, los planetas visibles en el cielo se denominan colectivamente "estrellas errante". También se refiere a nosotros mismos. Desde el comienzo de la humanidad hemos sido vagabundos dentro de nuestro mundo. Ahora, siguiendo los pensamientos de Sagan, empezamos a considerar la posibilidad de convertirnos en vagabundos de nuestro sistema solar. Con el tiempo llegaremos a ser vagabundos del espacio.  El cortometraje no cuenta ninguna historia concreta. Solo trata de mostrar una visión fantástica y hermosa de los fenómenos y paisajes naturales de algunos de nuestros mundos vecinos. Los aficionados a este tipo de documentales seguramente percibirán las influencias de algunos autores de ciencia ficción, como Kim Stanley Robinson y Arthur C. Clarke. En cualquier caso, la expansión de los seres humanos fuera de nuestro planeta parece algo inevitable sobre lo que mucha gente lleva pensando mucho tiempo.  De momento podemos ayudar a volar a nuestra imaginación contemplando el vídeo.  

martes, 27 de enero de 2015

El Retrato en las Colecciones Reales


Esta exposición, que se está presentando en  el Palacio Real de Madrid, es un viaje por la historia del arte cortesano, con las mejores piezas de las colecciones de Patrimonio Nacional. Para su preparación se han realizado tareas de revisión, actualización y datación de todas las piezas en un catálogo de referencia así como un intenso trabajo desarrollado por el taller de restauración en el último año, que ha dejado a las pinturas de los almacenes listas para su exhibición. En total son 114 obras, fechadas entre los siglos XV y XXI.

La muestra ha sido comisariada por los conservadores de Patrimonio Nacional Carmen García-Frías (en su sección correspondiente a la Casa de Austria) y Javier Jordán de Urríes (en la dedicada a los Borbones). La selección de los trabajos se ha llevado a cabo atendiendo a su calidad y originalidad: no faltan en la exposición el excepcional retrato de Isabel la Católica a cargo de Juan de Flandes (1500-1504) o el de un aguerrido Felipe II en la jornada de San Quintín, de Antonio Moro; pero también podremos contemplar obras desconocidas para el gran público, como un Felipe III de Pantoja de la Cruz que se guarda en una zona no visitable del Palacio Real.

La exposición se estructura en dos grandes secciones, Casa de Austria y Casa de Borbón, con diferentes apartados que siguen un orden cronológico por reinados.La primera sección abre con los inicios de la dinastía habsbúrgica en España, mostrando como antecedentes retratos fundamentales de sus antepasados, el Retrato del duque de Felipe el Bueno del taller de Rogier Van der Weyden (de la Casa de Borgoña) y la imagen más fidedigna de la reina Isabel la Católica de Juan de Flandes (de la Casa de los Trastámara).

En la segunda sección dedicada a la Casa de Borbón desde el siglo XVIII hasta el presente, se exponen los mejores ejemplos del retrato borbónico en Patrimonio Nacional, como el monumental retrato ecuestre de Felipe V, por Louis-Michel van Loo; el de Carlos III con el hábito de su Orden, por Mariano Salvador Maella y, finalmente, retratos de Alfonso XIII por Ramón Casas y Joaquín Sorolla para llegar al reinado de Juan Carlos I con El Príncipe de ensueño de Salvador Dalí y el retrato de La familia de Juan Carlos I pintado por Antonio López, que se presenta al público con motivo de esta exposición.

En coincidencia con la celebración de esta muestra, Partrimonio Nacional ha creado un sitio web especializado donde se ofrece abundante información tanto gráfica como textual sobre la exposición. A continuación incluimos detalles de algunas de las obras mas relevantes.  


Isabel la Católica
Juan de Flandes, Hacia 1500-1504
Óleo sobre tabla, 63 x 55 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid

Este retrato de Isabel la Católica fue un regalo que los monjes hicieron a Felipe V y a su mujer María Luisa de Saboya a raíz de su visita a la cartuja de Miraflores, Burgos. El retrato estuvo en el Palacio Real de Madrid, donde permaneció hasta que se llevó en la década de 1940 al Palacio Real de El Pardo. En el año 2004 se volvió trasladar a Madrid.

Isabel la Católica tomó a su cargo el costear las obras y el ornato de la cartuja de Miraflores, destinada a acoger los restos de su padre Juan II y de su madre Isabel de Portugal, segunda esposa del monarca, así como también los de su hermano el infante don Alonso.

Este retrato, atribuido a Juan de Flandes, muestra a Isabel la Católica envejecida, pese a que su edad no era avanzada, ya que murió con 53 años. Debe corresponder a los últimos años de su vida, tras sufrir tres pérdidas muy dolorosas: la del heredero, el príncipe don Juan en 1497; y las de sus otros dos herederos, su primogénita Isabel, reina de Portugal, fallecida en 1498, y el hijo de esta, el príncipe don Miguel, que vivió solo hasta 1500. Con el futuro del reino en manos de doña Juana, que ya había dado signos de su desequilibrio mental, no es de extrañar que se manifestaran en el rostro de la reina Católica las huellas de todas las penas sufridas.

Se trata de un retrato de carácter representativo, en el que el pintor flamenco muestra a la reina ante un fondo neutro, de busto, en posición ligeramente escorzada, con el rostro dirigido hacia la derecha, con expresión ensimismada. La ausencia de contenidos simbólicos es propia de la imagen real a fines del siglo XV en los reinos hispanos. De ese modo, concentra la atención en el rostro envejecido de la reina, fuertemente iluminado, destacado del fondo oscuro y del brial de color pardo verdoso con gran escote. Y también lo hace la rica camisa blanca que asoma del brial, bordada con listas negras con el borde decorado en el que alternan leones rampantes y cuatro barritas entrecruzadas. Isabel la Católica muestra el cabello recogido rodeando las mejillas y cubierto por un lienzo blanco tupido que le cubre parte de la frente y sobre él lleva una cofia transparente. Todo ello se cubre con otro lienzo transparente que desciende sobre los hombros y une sus puntas sobre el pecho con un rico joyel que forma una cruz de brazos iguales y bajo ella una venera con una piedra preciosa con engarce triangular en su interior.

El vizconde de Lautrec, más conocido como El hombre de la perla
Michel Sittow, Hacia 1515-1517
Óleo sobre tabla de roble, 22,2 x 18,8 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid

El magnífico retrato del Hombre de la perla responde a los modos de representación más característicos del pintor hanseático Michel Sittow, claramente ligados al mundo flamenco por su formación en la escuela de Brujas.

Dichas notas se hacen sentir no solo en la minuciosidad de su ejecución técnica o en la destreza de su dibujo, sino también en su fidelidad al prototipo de retrato instaurado por el máximo representante de dicha escuela Hans Memling. Por ello, sus retratos siempre reproducen una sencilla imagen en formato de busto y en ligera disposición de tres cuartos sobre un fondo neutro.

En este retrato, un fondo rojo es el que hace resaltar al personaje de largas cabellera y barba cortadas a la misma altura, ataviado con sayo y ropón pardo forrado interiormente de piel de castor, por el que asoma una camisola blanca plisada. Del alto bonete negro de su cabeza pende el único atributo distintivo de su rango, un broche en forma de flor de lis de diamantes con una perla pinjante, símbolo ligado a la corona francesa.

El retrato aparece por primera vez documentado en el inventario de Isabel de Farnesio del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso de 1746, donde se atribuía a Alberto Durero.

El Hombre de la perla podría considerarse obra del período tardío de la actividad de Sittow, en torno a su segundo viaje a España y su paso por los Países Bajos, no solo por el atuendo a la moda de esos años, sino también por su proximidad a otros retratos seguros del artista de esa etapa, como el de Christian II de Dinamarca o el de Diego de Guevara

José Luis Sancho propuso muy acertadamente la identificación del retratado con Odet de Foix, conde de Cominges y vizconde de Lautrec, por su gran parecido con el retrato de cuerpo entero de este personaje que se encuentra en el Palacio del Senado de Madrid, procedente de la antigua colección del marqués de Leganés.

Felipe II en la jornada de San Quintín
Antonio Moro, 1560
Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

En este retrato aparece representado el rey Felipe II (1527-1598) de cuerpo entero, conforme iba vestido el día de la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557.

Va enfundado en el arnés de la armadura de las aspas o cruces de Borgoña, parte de la guarnición «de a caballo» realizada por Wolfgang Grosschedel (act. h. 1517-1562) en Landshunt hacia 1551. Se caracteriza por la decoración de anchas fajas verticales grabadas al aguafuerte, en las que alternan los pedernales con llamas y las aspas flanqueadas por los eslabones del collar de la orden en forma de B, en alusión a Borgoña. El peto está presidido por la Inmaculada Concepción, con un valor protector, mientras que en el espaldar estaba representada santa Bárbara. El ristre también indica que era una armadura ecuestre.

Se le muestra como general del ejército por el bastón que empuña en la derecha, mientras que la otra mano apoya en la espada a juego con el puñal. Los brazos van protegidos por mangas de malla.

Felipe II calza botas enceradas con espuelas doradas que nos indican que se acababa de bajar de uno de los magníficos caballos en los que montó en estas operaciones militares, elemento reñido con el trozo de malla que protege la bragueta, más propio de la infantería. El atuendo se completa con el Toisón que pende de su cuello de una cinta roja de seda, en lugar de la negra o dorada que solía usar a diario. Este detalle, al igual que los brazaletes rojos en forma de roseta, le identificaría en la batalla como miembro del ejército español frente a la cruz blanca francesa.

Sabemos que supervisaba las tropas de esta guisa, como relata un cronista de la campaña: «saliendo armado a la ligera sobre un caballo de España tordillo, con una armadura bellísima hecha en Alemania, con bello diseño con una celada de infante de a pie, dentro de la cual había un penacho de garza sin nada más encima de la armadura, que una gran banda». Este testigo presencial refiere que Felipe II apareció en el campo acompañado de caballeros con vestiduras bordadas de oro y plata, como son las calzas que se dejan ver bajo las escarcelas que protegen las piernas del rey.

Carlos V con un capotillo forrado en lobos cervales
Jakob Seisenegger, 1530
Óleo sobre lienzo, 205 x 127,5 cm
Patrimonio Nacional,Palacio Real de la Almudaina

La importancia de este retrato de Carlos V con un capotillo forrado de Jakob Seisenegger radica en ser la primera efigie que lo representa de cuerpo entero y a tamaño natural del gran número de imágenes existentes de su persona.

Además de este retrato de El Escorial, hoy en el Palacio de la Almudaina, el artista realizó para Fernando de Austria, de quien era su pintor de cámara, otros cuatro retratos del mismo formato del emperador entre 1530 y 1532 . El primero de ellos fue este ejemplar de El Escorial, pintado en Augsburgo. La modalidad de cuerpo entero no era nueva en el campo de la retratística, ya que contaba con ejemplos en el mundo germánico, pero la reinterpretación llevada a cabo por el artista fue fundamental para la configuración de la imagen posterior del emperador y, en general, para la del retrato cortesano de las siguientes décadas.

El pintor retrata al emperador en este primer retrato con traje de corte, compuesto de un sayo nórdico o traje con faldón de color negro, con mangas acuchilladas con aplicaciones de seda verde ribeteadas con cordones dorados, y un ropón francés forrado con pieles de lobos cervales, así como también birrete, calzas y zapatos negros.

La imprescindible insignia del Toisón de Oro pende de una cadena de oro que cuelga del cuello, adornado con un importante gorjal también de oro. Otros símbolos del poder real quedan establecidos, como la espada y daga al cinto, el cetro en la diestra y los guantes de gamuza en la izquierda. Con la elección de esta imagen civil, Carlos V quería resaltar su faceta más conciliadora, frente a la imagen más guerrera —con armadura y espada el alto—, propuesta por Tiziano en ese mismo año de 1530, porque aún pensaba en una paz con los protestantes.

De acuerdo a la nueva iconografía de Carlos V establecida en los momentos previos a la coronación imperial en Bolonia en 1530, el emperador lleva el pelo corto, más clasicista, y la barba larga, no solo para disimular el prognatismo, sino también para asemejarse a los emperadores romanos y a su admirado Marco Aurelio. Sus párpados algo caídos y sus labios finos tratados de forma dibujística son los característicos de Seisenegger, al igual que la solería de mármol de losetas grises y rojas, sobre la que se dispone la figura en pie del emperador.

Felipe V a caballo
Louis-Michel van Loo, 1737
Óleo sobre lienzo, 345 x 264 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de La Granja de San Ildefonso

El pintor francés Louis-Michel van Loo llegó a Madrid el 15 de enero de 1737 recomendado por Hyacinthe Rigaud. Sus primeras obras en España, firmadas el año de su llegada, debieron de ser los soberbios retratos de aparato de los reyes en grandes lienzos, de Felipe V armado y a caballo y, formando pareja, su esposa Isabel de Farnesio.

Felipe V quiso ser representado sobre un caballo blanco en corveta y fondo de batalla. El nieto de Luis XIV viste armadura completa, no de aquel tiempo sino inspirada en las de Felipe II custodiadas en la Real Armería de Madrid, sentando así un precedente En este cuadro alegórico, la Fama alada hace sonar su trompeta y sitúa sobre la cabeza del monarca una corona de laurel, símbolo de triunfo, proclamando el éxito de las guerras italianas —con la conquista de Nápoles y Sicilia—, culminadas con la aceptación de los preliminares de paz el 18 de mayo de 1736, cuyo tratado fue concluido en Viena el 18 de noviembre de 1738. Esa figura en vuelo, vestida de túnica rosácea, destaca por su manto azul de plegados angulosos, que hace contraste con el rojo vivo de la faja de general ceñida a la cintura del soberano, con sus extremos tremolando, y enlaza con la banda azul de la orden francesa del Saint-Esprit cruzada en el torso, mientras que la faja lo hace con las plumas rojas que rematan el vistoso morrión labrado con cimera de león. Felipe V, con su larga cabellera al viento —como la crin y la cola del caballo que nos mira—, empuña en la diestra la bengala de mando y, en actitud teatral, sobre una rica silla de montar, parece dirigir las acciones armadas representadas al fondo.

Carlos III como gran maestre de su Orden
Mariano Salvador Maella, 1784
Óleo sobre lienzo, 254 x 165 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid

Desde una perspectiva contemporánea, este extraordinario retrato de Estado, presentando a Carlos III como gran maestre de su orden, pintado por Mariano Maella, se erige en la actualidad en una imagen icónica de este reinado, llegando incluso a competir visualmente con la precedente imagen del rey con armadura ideada por Mengs.

De manera paradójica, en el curso de las décadas ilustradas, la proyección cortesana de esta efigie de Maella resultó bastante restringida, al destinarse casi desde la fecha de su creación a presidir el dosel de la protocolaria sala de juntas de la Orden de Carlos III.

En lo que respecta a las facciones del monarca al valenciano no le importa servirse del omnipresente retrato de Mengs que por aquel entonces ya contaba con casi dos décadas de antigüedad. Sin embargo, en el resto de elementos que construyen su discurso áulico se advierte una gran determinación por inmortalizar la realidad. El manto blanco y azul de la orden, así como la corona, son ilustraciones muy fieles de estos objetos, pero hasta aquí no se había reparado en que también el trono, coronado con un medallón con el perfil de Carlos III, es idéntico al original que, bajo diseño de Giovanni Battista Natali, aún se preserva en las colecciones de Patrimonio Nacional.

Es incuestionable que la monumental imagen de Luis XVI portando su manto de consagración concebida por el pintor Antoine-François Callet guarda ciertas similitudes compositivas con nuestro retrato de Carlos III con el manto de la orden por Mariano Salvador Maella. Además, la circunstancia de haber sido comisionado al mismo tiempo que su homólogo para el conde de Montmorin y poder demostrarse a continuación que jamás fue pintado para la sala de juntas de la Orden de Carlos III, permite especular con la hipótesis de que fuera concebido por Maella con destino a una corte extranjera.

Este prototipo de retrato del monarca de cuerpo entero que durante el reinado de Carlos III parece comisionarse en la corte hispana con una proyección casi exclusivamente internacional, vendrá por el contrario a difundirse ya dentro de nuestro país tras el ascenso al trono de Carlos IV.

Carlos IV, cazador
Francisco de Goya, 1799
Óleo sobre lienzo, 210 x 130 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid

El retrato del rey Carlos IV como cazador tuvo que ser pareja del retrato de la reina María Luisa con mantilla, pintado por Goya en septiembre de 1799.

Es casi seguro que el retrato del rey cazador lo pintó Goya después de los de la reina, que hizo, como se dice más arriba, entre los últimos días de septiembre y los primeros de octubre de 1799. No es posible asegurar la localización del retrato del rey por el paisaje, ya que tanto en La Granja como en El Escorial hay parajes montañosos similares, agrestes y de montañas elevadas. La luz del amanecer, algo apagada aún, parece estar a la espalda del rey y surgir desde el fondo de las montañas. El monarca va vestido aquí para la caza mayor, propia también de El Escorial, no solo por las espuelas de sus altas botas de montar, necesarias para ese tipo de actividad que se realizaba a caballo, sino también por el cuchillo de remate que cuelga del cinto, de hoja larga y estrecha y cruz desarrollada, que evita su entrada en el cuerpo de grandes animales, que presenta al monarca preparado para la caza más comprometida y peligrosa de ciervos y jabalíes. Carlos IV viste un elegante atuendo con calzones de color castaño oscuro posiblemente de terciopelo y rodilleras protectoras de lana blanca, chupa amarilla adornada con bordados de plata y casaca moteada de lana también de color castaño. El rey está tocado con un bicornio y luce todas las condecoraciones que poseía: la banda de la orden de Carlos III sobre la roja de San Gennaro, napolitana, y la francesa, azul, del Saint-Esprit, así como las insignias y cruces correspondientes, aquí ligeramente esbozadas sobre la casaca. El importante Toisón de Oro cuelga aquí discretamente sobre la chupa o chaleco de una cinta roja en lugar de llevarlo al cuello. A diferencia de los Austrias, que aparecían sin ningún tipo de órdenes militares en sus retratos como cazadores, los monarcas de la Casa de Borbón las lucen siempre, tanto Carlos III como Carlos IV.

El retrato del rey cazador es una obra en la que Goya parece haber querido ganarse una vez más la confianza de sus reyes y debió de ser, sin duda, una de las pinturas que decidieron, junto al resto de los retratos del rey y la reina, su nombramiento, a fines de octubre de 1799, como primer pintor de cámara. Todos sus recursos como retratista están presentes para haber conseguido que un tema recurrente en la pintura desde antiguo sea renovado y novedoso. El rey aparece con toda la nobleza exigida y Goya, además, acierta a sugerir su valentía y temple.

Infanta María Isabel de Borbón
Vicente Palmaroli, 1866
Óleo sobre lienzo, 218 x 135 cm
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid

Gracias a su carácter extravertido y entusiasta, la infanta Isabel gozó de gran simpatía popular, especialmente entre la población madrileña, que la conoció con el apelativo de «La Chata».

Aunque no está fechado, sabemos que el retrato de Palmaroli fue presentado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1866, inaugurada el 28 de enero del año siguiente, por lo que sería pintado en ese año de 1866. La figura se presenta con el encanto de su edad, vistiendo quizá sus primeras galas de mujer, en una actitud natural y delicada. Vemos a la retratada llevando un vestido de gala color azul turquesa adornado con encajes, siguiendo la moda del Segundo Imperio francés, caracterizada por el contraste entre la cintura estrecha y la amplitud de la falda, con las mangas cortas y generoso escote que descubre los hombros. Las joyas con que se adorna son perlas en el broche, collar de tres vueltas, pendientes y pulsera. Cruza su pecho con las bandas de las órdenes femeninas otorgadas por las cortes europeas. La figura está representada con fondo de entonación roja y dorada, entre terciopelos, consolas doradas y bustos antiguos del Salón del Trono del Palacio Real de Madrid. Esta obra corresponde a una etapa de esplendor y madurez pictórica de su autor, son de esta época los mejores retratos de Palmaroli. Si bien prevalece en el retrato de la infanta la influencia de Federico de Madrazo, la pincelada se hace más suelta y libre, consiguiendo una mayor plasticidad que se irá haciendo más patente en obras posteriores del artista.

Alfonso XIII con uniforme de húsar en los jardines de La Granja
Joaquín Sorolla y Bastida, 1907
Óleo sobre lienzo, 208 x 108,5 cm
Patrimonio Nacional

Al ver el retrato y leer las palabras de Sorolla sobre su rey es evidente que el artista tenía todas sus esperanzas puestas en él y en base a ese sentimiento nos lo presenta en una obra de rabiosa modernidad, en la que aparece como un hombre de su tiempo.

La decisión de ser retratado con el aparatoso y llamativo uniforme de húsares partió del propio monarca. Al igual que Mariano Benlliure, Sorolla quería que el retrato del rey fuera una obra moderna, por ello le retrató al aire libre, en los jardines reales del Palacio de La Granja, consiguiendo así, entre otras cosas, dar una imagen de salud y fuerza. La obra técnicamente, también de gran actualidad en su momento, está realizada con pincelada amplia en ocasiones y contenida cuando necesita puntualizar, pero suelta, segura y sin insistencias, en todo caso, lo que refuerza la sensación de frescura que de por sí presenta la imagen del rey iluminada por el sol que entra a retazos a través de las ramas de los árboles que circundan la escena. Es un retrato de una riqueza cromática conseguida en muy pocas ocasiones por el artista, y en ninguna en un encargo oficial.

Sorolla retrató en veintiséis ocasiones a los diferentes miembros de la familia real española. De los nueve retratos que hizo de Alfonso XIII únicamente el retrato de Alfonso XIII con uniforme de húsares, y él último que pinta, el Estudio para un retrato cinegético del rey Alfonso XIII, que pensaba llevar a cabo en El Pardo, fueron concebidos al aire libre.

domingo, 11 de enero de 2015

La desigualdad insoportable


“Deberíamos tener un Parlamento de la Eurozona en el que cada país tuviera representación en función de su población, que se ponga de acuerdo sobre el ritmo de ajuste y la estrategia de crecimiento. Si tuviéramos esa forma de decidir, habríamos tenido menos austeridad, más crecimiento y menos paro. En España y Francia se contentan con culpar a Alemania sin hacer propuestas, es desesperante. Alemania no es perfecta, pero todos somos responsables.” No son mis palabras pero coincido fundamentalmente con las ideas en ellas contenidas. Estas afirmaciones están tomadas de la entrevista, publicada recientemente en “El Mundo”, con el economista de moda: Thomas Piketty,  director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y profesor asociado de la Escuela de Economía de París.

En la actual situación, en la que la crisis económica tiene la mayor relevancia entre los problemas a los que nos enfrentamos, las ideas de este economista francés, contrarias a las de las clases políticas y económicas dominantes, han resonado con fuerza en un mundo ansioso por encontrar soluciones a los graves problemas a los que nos enfrentamos. No es el primero, ni el único que ha seguido este camino. Lo diferencial de Piketti no son sus ideas sino los importantes argumentos y datos que las sustentan.  

Todo empezó en febrero de 2014 con la publicación de su libro  “Capital au XXIe Siècle”, considerado por algunos expertos como el mejor texto sobre economía de las últimas décadas. Su éxito fue inmediato situándose en las primeras posiciones de los libros más vendidos del New York Times, probablemente por aportar ideas nuevas y frescas sobre las causas y posibles soluciones de los problemas que nos aquejan. Pero no solo llamó la atención de los que sufren y critican el tratamiento que dan nuestros gobernantes a la crisis económica. También a los defensores de la “ortodoxia” del capitalismo. Porque la tesis de Piketty es conservacionista. Pretende dar sostenibilidad al capitalismo como sistema de futuro. Y para ello señala una amenaza fundamental: la desigualdad, fruto precisamente de las prácticas capitalistas que han desembocado en la situación actual.

El libro incluye un muy detallado análisis de sobre la distribución de los ingresos y la riqueza en el mundo. No solo en la actualidad sino cómo ha evolucionado desde el siglo XVIII y hasta nuestros días. Piketti ha construido una completa base de datos económicos de una veintena de países que abarcan centenares de años. Partiendo de ella hace un minucioso estudio estadístico sobre las distintas etapas históricas para llegar a identificar patrones en el proceso de acumulación del patrimonio en las principales economías. Según estos datos, durante los siglos XVIII y XIX, las sociedades de los países occidentales cayeron en  profundas desigualdades, con rígidas estructuras de clase. Aunque la revolución industrial supuso una  elevación gradual los salarios, en el siglo XX, la sucesión de acontecimientos históricos (guerras, revueltas, recesión, inflación…) tuvo como consecuencia la aparición del “estado de bienestar” que, aparentemente, ahora parece insostenible, pero que forma parte del contrato social que hicieron aceptables las ventajas dadas al capital.

Las series históricas de Piketty demuestran que el retorno que obtiene el capital está aumenta con aceleración mayor que el crecimiento del sistema económico en el que opera. De esta forma la brecha de la desigualdad aumenta aceleradamente. Si esta tenencia permanece llegará a ser insostenible tanto económica como políticamente, lo que provocaría el colapso del sistema. Martin Wolf, principal columnista económico del Financial Times, al comentar el libro, concluye que “una sociedad menos desigual sería una bendición, no una amenaza, para el crecimiento…”. También se encuentran ideas semejantes en un documento para el debate, publicado por el departamento de investigación del Fondo Monetario Internacional, titulado "Redistribution, Inequality, and Growth". Sus autores, Jonathan D. Ostry, Andrew Berg y Charalambos G. Tsangarides llegan, entre otras conclusiones, a que “una menor desigualdad neta se correlaciona fuertemente con un crecimiento más rápido y más duradero”

Como ya ha sido mencionado anteriormente, el impacto y las repercusiones de la obra de Piketti han sido notables. La llamada de atención sobre las consecuencias de las desigualdades sociales para la sostenibilidad del sistema político y económico ha tenido amplio eco entre los expertos, tanto económicos como políticos, pero también a nivel periodístico y de la opinión pública en general. También han sido muy debatidas las propuestas para establecer algún tipo de políticas fiscales, con alcance global,  que contribuyan a reducir la disparidad de carga fiscal que se aplica a los ingresos, la riqueza acumulada y a la herencia. Forman parte de las herramientas que se ofrecen a los gobiernos y a los poderes fácticos  para combatir de manera eficaz la amenaza generada por la insoportable desigualdad social.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Colección Abelló


Continuando la serie de exposiciones del CentroCentro Cibeles, bajo el título general “Mecenazgo al servicio del arte”, en la que se presentan grandes colecciones privadas, le toca el turno en esta ocasión a la reunida durante las últimas décadas del pasado siglo por el matrimonio Juan Abelló y Anna Gamazo. 

Se han elegido para esta muestra más de 160 piezas que ofrecen, en un único espacio expositivo,  un recorrido por cinco siglos de arte, del siglo XV hasta mediados del siglo XX, con piezas de pintura, escultura y dibujo. Su presentación pública, primera de su conjunto, permite compartir con el visitante el entusiasmo del coleccionista a la vez que pon en valor el papel que el coleccionismo privado ha tenido, y tiene, en España. La colección no se limita a periodos históricos, escuelas o géneros concretos sino que, aún siendo los testimonios españoles los más abundantes, son significativos los ejemplos de talleres flamencos, italianos, franceses o germánicos.

Edgar Degas. Después del baño
Resulta fundamental subrayar el esfuerzo que Abelló ha llevado a cabo desde el inicio de su colección para recuperar obras artísticas singulares del patrimonio histórico artístico español que, por razones diversas, habían  salido de nuestro país. Como ejemplo, mencionemos el Salvator mundi entre San Pedro y San Juan de Fernando Yáñez de la Almedina o el Joven gallero de Bartolomé Esteban Murillo. Abelló ha llevado a cabo una importante labor de recuperación de obras para el patrimonio español. También debe destacarse la inclusión de artistas con muy pocas obras en nuestro país, desde los vedutistas Canaletto o Guardi, a Francis Bacon u otros pintores clave de las vanguardias históricas. Finalmente hay que mencionar la importante presencia de la obra sobre papel, considerada en España hasta fechas recientes como menor. Como explica el comisario de esta muestra, Felipe Garín, ex director del Museo del Prado, “desde Francisco Pacheco, Pedro de Campaña o Bartolomé Murillo, con la adquisición del llamado Álbum Alcubierre, hasta el importante conjunto de Picasso, Van Gogh, Schiele o Bacon, entre otros, la exposición permite un recorrido singular de los dibujos paralelo al de las pinturas”. Se trata, en suma,  de una colección en la que siempre  ha primado el entusiasmo, el buen gusto y el acierto en el incremento de sus fondos, que continúa. A esto hay que añadir la permanente preocupación por su conservación y estudio, así como la generosidad en el préstamo temporal de obras para exposiciones cuando así se ha requerido.

La muestra comienza con un homenaje a El Greco, en el cuarto centenario de su fallecimiento, con la obra Estigmatización de San Francisco. Luego discurre a través de los siglos y los autores agrupando las obras en varios espacios temáticos.

Madrid, Villa y Corte 

Incluye lienzos, en su mayoría de gran tamaño, que reflejan escenas de la capital desde el siglo XVII hasta el XIX. En esta introducción a la exposición se pueden ver obras de escuela madrileña del siglo XVII, así como obras de  Giuseppe Canella (Vista de la Carrera de San Jerónimo y Vista del Paseo del Prado, entre otras),o La Fuente de la Cibeles, de David Roberts, con las que se produce un guiño realidad-ficción, al encontrarse los lugares y monumentos reales a escasos metros de la propia sala.

Del gótico al humanismo 


Recorre los siglos XV y XVI y presenta obras de, entre otros, Bernardo Serra, Jaume Baço Jacomart, Juan de Flandes, el Maestro de Artés, Pedro Berruguete y Lucas Cranach, autor particularmente querido por los Abelló. Además, esta sala alberga, según el comisario, “uno de los mayores placeres visuales de la exposición”, el Salvator Mundi entre san Pedro y san Juan, de Fernando Yáñez de la Almedina, considerada una obra maestra.









Cuando el hombre convierte la naturaleza en arte 

Zurbarán. La familia de la Virgen

Cuenta con obras del siglo XVII, tanto óleos como dibujos, de José de Ribera, Bartolomé Esteban Murillo, Francisco Pacheco o  Francisco de Zurbarán. Asimismo, conformando lo que el comisario califica “un espacio casi mágico”, presenta una completa serie de bodegones y floreros, muy apreciada por sus propietarios, de los artistas más representativos y reconocidos del siglo XVII: Miguel de Pret, con una de sus escasas obras firmadas, Bernardo Polo, Juan de Arellano, Pedro Camprobín o Antonio Ponce y su obra maestra Bodegón con jarrón de Talavera con flores, alcachofas y frutas.






Las vedute, Goya y su mundo 

Canaletto. El muelle de Venecia próximo a la plaza de San Marcos

Se adentra en el siglo XVIII. Esta sala alberga, entre otras, piezas magistrales de Canaletto y Guardi, y lienzos de Antonio Joli, que muestran cómo se traslada a Madrid y su entorno el estilo italiano de mediados del setecientos. En palabras del comisario: “un conjunto insólito en el coleccionismo español”. Incluye, además, dos retratos particularmente importantes de Goya, de don Martín Miguel de Goicoechea y doña Juana Galarza, sus consuegros, y un dibujo de la esposa del pintor, doña Josefa Bayeu que, como explica el comisario citando a Carducho, refleja como “el Dibujo es la perfección del Arte”.

Naturalismo europeo 

Amedeo Modigliani. El violonchelista. 1909
Cubre un espacio que va desde mediados del siglo XIX hasta los años veinte del siglo pasado, con un conjunto ecléctico que cuenta con obras de autores españoles como Mariano Fortuny, Ramón Casas, Hermen Anglada Camarasa, Aureliano de Beruete, Santiago Rusiñol, Joaquín Mir o Joaquín Sorolla, que comparten espacio en absoluta contemporaneidad con Pierre Bonnard, Toulouse-Lautrec, Van Gogh y Amedeo Modigliani.










Picasso y sus contemporáneos 


Juan Gris. El cazo

Alberga 14 piezas del genio español, entre óleos, aguadas, tintas y lápices, presididos por el excepcional  Desnudo sentado. Dialogan con él obras de Braque, Léger, Juan Gris y Matisse, junto con dos obras de su contemporáneo Salvador Dalí, Rostro invisible/Ruinas con cabeza de medusa y paisaje y el dibujo Retrato del padre del artista y su hermana.

De Miró a Francis Bacon. Historia y modernidad. 

En ella comparten sus dos amplios muros, por un lado, obras del siglo XX de artistas norte-europeos, que ponen de manifiesto el internacionalismo de la colección: Edvard Munch, Gustav Klimt, Vasily Kandinsky, Paul Klee, Kees van Dongen, Egon Schiele y George Grosz. Frente a ellos, una síntesis de la muy extensa nómina de maestros españoles de la abstracción de la segunda mitad del siglo XX, tales como Antoni Tàpies, Pablo Palazuelo o Manolo Millares, sin incluir los artistas vivos.

Finalmente, en los muros restantes, las obras de Joan Miró, referente obligado en el arte español del siglo XX, y, frente a ellas, Mark Rothko (Negro, rojo, negro). Como cierre, Francis Bacon (1909-1992): una temprana Composición de 1933, el Estudio de un retrato, el tríptico con los Tres estudios de retrato de Peter Beard y el espectacular Tríptico de 1983.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La fragilidad del transporte aéreo



Volar se ha convertido en algo cotidiano. La aparición de las compañías aéreas de bajo coste ha puesto al alcance de la mayoría la posibilidad de situarse en pocas horas en ciudades hasta ahora inaccesibles para buena parte de la población. Como consecuencia de ello el número de vuelos se ha incrementado de forma espectacular saturando las infraestructuras aeroportuarias y los sistemas de control de tráfico aéreo.  

Al estar los recursos aprovechados casi al límite, cualquier incidencia tiene consecuencias desastrosas para el buen funcionamiento del sistema. El pasado día 12 de diciembre tuvimos una buena prueba de ello cuando un problema informático en el centro de control del tráfico aéreo de Swanwick, en Hampshire, al sur de Inglaterra, provocó el cierre, durante una hora, del espacio aéreo londinense. Los vuelos con destino a la capital británica tuvieron que ser desviados a otros aeropuertos y muchos aviones, que estaban listos para despegar de los varios aeropuertos de Londres, fueron retenidos en tierra. Esto provocó un efecto dominó sobre el resto de los aeropuertos británicos causando más retrasos y cancelaciones creando una situación caótica que las autoridades calificaron de inaceptable. En esta noticia de la BBC hay una buena descripción de lo ocurrido con análisis detallados.

Sin embargo, por curiosa coincidencia, hace unas semanas el NATS (National Air Traffic Services) difundió un vídeo mostrando visualmente la cantidad y complejidad del tráfico aéreo sobre las islas  Británicas. En el espacio aéreo del Reino Unido operan unos 6.000 vuelos todos los días. En el vídeo las 24 horas del día se han comprimido en menos de tres minutos. Creo que así se puede obtener una magnifica imagen de lo que el transporte aéreo supone en nuestros días y entender fácilmente el caos que puede provocar su interrupción aunque solo sea durante una hora.